viernes, 8 de abril de 2016

La mujer redonda rebota de nuevo

La mujer redonda está un poco abombada, como la Tierra, según dicen. Teme que su barriga sobresalga como un pepino, ella que había soñado siempre con llevar lo más parecido a una media luna entre su pubis y su pecho. Su marido la consuela diciéndole que está preciosa, así mismo lo expresa, él que nunca antes había utilizado ésa palabra para adjetivarla. En cualquier caso, eso no es lo peor que le podría pasar a la mujer pepino, no en vano, todavía luce un par de hematomas verdes en su barriga, recuerdo de los últimos pinchazos de heparina antes de que se los suministrara en los muslos, mucho más discretos. Pues bien, tener una barriga zepelín no sería tan malo, si sus niños están cómodos así ella es capaz de deformarse toda enterita, lo que haga falta, aunque espera que no llegue a los límites de Samsa. A la mujer con tres corazones, seis piernas y sesenta dedos lo que más le angustia es escribir sobre su embarazo, como si al hacerlo deshiciera un hechizo o se despertara de un sueño. 

19 semanas ya, el 50% de un embarazo gemelar, con sus visitas a urgencias y sus consultas a los foros de pre-mamás hipocondríacas (sí, ya sabe que no se debe hacer…), con sus días de paseo (al ritmo de un caracol lento) y sus días entre las almohadas del sofá y la cama (leyendo o pintando con sus recién estrenados 60 colores de madera Faber Castell), con sus recorridos por las tiendas de puericultura (multiplicando mentalmente por dos todo lo "imprescindible" para la crianza de un niño) y sus noches en vela, combinación de vejiga y nervios. Con todo eso y sobre todo con una alegría contenida por un miedito alimentado por malos recuerdos. 

Que con éstas líneas rompa yo la superstición de la mujer tricéfala, que con estas frases la mujer redonda se crea por fin que está a punto de ser madre. Que así sea. 

viernes, 26 de febrero de 2016

¿A qué juegan los niños que no son niñas?

Qué lástima, toda la experiencia de mi infancia a la basura. Yo que he sido experta en el cuidado de muñecas y en la cocción de verduritas de plástico, yo que he sido la mejor construyendo cabañas hogareñas que hasta tenían cortinas, yo que he sabido jugar como nadie a lo que juegan las niñas y me imaginaba compartiendo con mis hijas toda la destreza que llevo acumulada en los pasatiemos femeninos y ahora va a resultar que puede que los dos moninos que llevo en el vientre sean niños. Ahora mismo sólo se me ocurre que los niños que no son niñas juegan a destrozar sus juguetes y a chutar pelotas. Quizás podría convencerlos para que se estuvieran quietecitos resolviendo puzzles o coloreando cuadernos de coches, trenes, aviones y bicicletas. ¿O sería muy cruel comprarles una muñeca? Se me acumulan los problemas, por suerte los tengo identificados, se llaman prejuicios de género.