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martes, 11 de marzo de 2014

La trilogía desordenada: cuerpo-salud-comida

La trilogía cuerpo-salud-comida requiere de una ordenación jerárquica urgente, de otro modo continuaremos perpetuando interrelaciones insatisfactorias. Mientras que el cuerpo esté por delante de la salud y está no tenga en cuenta la comida, seguiremos siendo víctimas de un problema irresoluble sólo porque está mal planteado. En cualquier caso, no podemos olvidar que los estándares óptimos en relación al cuerpo y a la comida e, incluso, los relacionados con la salud, se encuentra inmersos en un entramado social y cultural del que tampoco no escapa la ciencia, tal como han puesto de manifiesto los últimos estudios de la disciplina de la Sociología de la Ciencia. Sólo cuando recuperemos el sentido direccional comida-salud-cuerpo que respeta, no únicamente el addagio popular del “somos lo que comemos” sino también la pura fisiología humana según la cual aquello que ingerimos es nuestra materia prima, podremos afrontar con salud, materializada en un cuerpo vigoroso, el ritmo de la vida.

Conviene pensar que no sólo los alimentos-milagro como los funcionales o los transgénicos tienen propiedades efectivas, sino que cualquier miga de pan es también vehiculadora de salud o malestar
. Igualmente, hace falta advertir que parte de la comida actual que consumimos es sobretodo una buena apuesta comercial pero no una buena apuesta alimentaria. Los supermercados están llenos de golosinas que, más que nutrirnos (por no decir que nos envenenan), nos hacen sucumbir a otra lógica, pues también compramos símbolos y estatus hasta el punto que se han invertido los objetivos por los cuales, muchas veces, compramos uno u otro producto del mercado. Si bien es cierto que la calidad-precio todavía es una variable que mueve nuestros bolsillos, también lo es que el aspecto o simbolismo de los productos ha empezado a pesar en nuestras decisiones. El capitalismo ha invadido también este aspecto ingenuo a la vez que instintivo de nuestra naturaleza - el acto de comer - para convertirnos en “comedores-consumidores” (Gracia, 2010, pg. 363) que acaban engullendo con frenesí (y cada vez más con ansiedad) unos alimentos industrializados, es decir, deshumanizados, sólo cuando el tiempo nos lo permite, pues los horarios laborales se estructuran según unas prioridades que casi nunca tienen en cuenta la ordenación de las ingestas. La aparente solución a esta fast life es un fast food que nos aleja gradualmente más de la cocina, pues la gente no sólo tiene cada vez menos tiempo, sino que prefiere invertirlo, junto con el dinero, en otras actividades. Todo ello resulta de la infravaloración de la alimentación en cuanto a portadora de salud (y de diversión, autoconocimiento y hasta de sabiduría), terreno que en los últimos años parece ser de dominio exclusivo de la medicina-farmacia (binomio inseparable). Lo que quizás ignoren es que el combustible con el que están llenando sus reservas energéticas es barato, pero de poca calidad, pues a banda de las posibles negligencias sanitarias e higiénicas, el fast food (que, en mi opinión, no sólo contempla hamburguesas de grandes cadenas, sino precocinados y otros productos envasados de 4ª gama) es una comida, insisto, sólo desde la faceta técnica. Podemos congelar a Walt Disney y seguir viendo al hombre que un día inventó a Mickey Mouse, ¿pero puede este trozo de hielo reír con nosotros mientras vemos alguno de sus dibujos? Así, ¿qué podemos bendecir en nuestra mesa cuando habitualmente encima del mantel sólo hay productos alfa-numéricos desprovistos de historia?

En cualquier caso, hace falta superar el discurso según el cual, como apunta Gracia “sólo se alude a la comida a través del discurso de la salud y la enfermedad” (Gracia, 2009, pg. 84), ya que la alimentación no sólo es parte de la economía, tal como hemos visto, sino de nuestra cosmovisión general del mundo, dentro de la cual se encuentra, por ejemplo, la cosificación de los animales en base a una socialización que comienza ya desde la infancia invitándonos a etiquetar el cerdo, la gallina o la vaca como “animales de granja” y a verlos como máquinas de carne, huevos y leche. No obstante, y para no arriesgarnos a la compasión, nuestros platos con cadáveres de animales suelen no tener más que formas cilíndricas o tubulares: hamburguesas, salchichas, nuggets... Ésta y otras estrategias son las que hemos ido adquiriendo a lo largo del tiempo y que, si en algún momento podrían haber sido hasta piadosas, lo han dejado de ser después de que las fuentes alimentarias de origen animal hayan pasado de ser un recurso adaptativo y hasta quizás evolutivo, a un lujo gastronómico el placer del cual nunca podrá justificar la crueldad de la que proviene. Esta relación con la comida no puede excusarse en el omnivorismo, ni tan siquiera en el carnivorismo, ambas conductas alimentarias obligatorias por decreto orgánico, sino que entra en la ideología del “carnismo”, acepción propuesta por la psicóloga Melanie Joy (2010) y autora de la obra Why we love dogs, eat pigs and wear cows: an introduction to carnism.

Otro libro con un título sugerente es el de La dieta Smart (Garcia, 2010), que a pesar de ser un libro dedicado a la pérdida de peso, nos interpela indirectamente. ¿A caso la propuesta de la Dra. Reina García - más allá del marketing y del contenido de la obra - no nos hace cuestionar si nuestra dieta es realmente inteligente? Me atrevo a responder que no, muy en la línea del alegato de Luís de Sebastian (2009), autor de otro libro con título prometedor: Un planeta de gordos y hambrientos: la industria alimentaria al desnudo.

Ya para acabar, no me gustaría que la articulación de las prácticas alimentarias saludables se convirtiera en una nueva arma de la publicidad, pues en este sentido estoy de acuerdo con Igor de Garine (2000, pg. 10) cuando afirma que “actualmente, alimentación sana, se ha convertido en el grito de guerra y un argumento publicitario provechoso en muchas sociedades opulentas”. Nuestro sistema es experto en hacer negocio de todo, también de la obesidad y de las enfermedades (Gracia, 2009, pg.81), por lo que conviene recordar que el derecho a la alimentación no sólo debería comprender una ración de calorías mínimas sino de una comida digna. Pensamos que las víctimas de esta falta de derechos suelen estar en la otra parte del hemisferio*, cuando las ONGs nos alertan de alguna crisis alimentaria. ¡Qué ingenuos nosotros que pensamos que aquí, estamos mucho mejor! Sí, es cierto que nuestra sociedad es rica, pero también que se puede ser pobre por exceso (o mal nutrido, como sería el caso), como muy bien revelan las contradicciones de la sociedad obesogénica.

*Desgraciadamente este tipo de situaciones también empiezan a revelarse en nuestro país.


BIBLIOGRAFÍA:


CAMPÀS, Joan, “Estudis sobre la teoria del caos”, material de l’assignatura Escriptures Hipertextuals de la UOC

Colman R, Anderson R, Johnson S, Kastman E, Kosmatka K, Beasley T. (et al.), Caloric Restriction Delays Disease Onset and Mortality in Rhesus Monkeys, Science, July 2009, vol. 325, no. 5937, pgs-201-204

Contreras, J. La obesidad: una perspectiva sociocultural, Zainak Cuadernos de Antropologia-Etnografía, 27, 2005, pg. 31-52

Etcoff N. La supervivencia de los más guapos, Editorial Debate, Madrid, 2000

Garcia, R, La dieta Smart, Editorial Amat, Barcelona, 2012

Garine, I El consumisme i l’antropòleg, Revista d’Etnologia de Catalunya, nº 17, 2000

Gedo, J. Portraits of th artists: psychoanalysis of creativity and its vicissitudes, Guildford, Nova York, 1983

Gracia M. Relaciones entre biología, cultura e historia en el tratamiento de los trastornos alimentarios, Estudios del Hombre. Food, Imaginaries and Cultural Frontiers. Essays in honour of Helen Macbeth, 2009, 224:73-88. Guadalajara. ISBN: 978-607-45.

Gracia M. Alimentación y cultura en España: una aproximación desde la antropología social, Physis, Physis, Revista de Saúde Coletiva, vol.20, nº.2, 2010, p.357-386.(Brasil)  ISSN 0103-7331.

Guidonet A. L’antropologia de l’alimentació, Editorial UOC, Barcelona, 2007

Harris, M. Bueno para comer, Alianza Editorial, Madrid, 2011

Joy, Melanie, Why we love dogs, eat pigs and wear cows, Conary Press, San Francisco, 2010

Navas, J. La otra cara de la obesidad ¿Enfermedad o canon estético?, La antropología de la alimentación en España. Perspectivas actuales, Editorial UOC, Barcelona, 2011, pg.97-112

Mattison J, Roth G, Beasley T, Tilmont E, Handy A, Herbert R. (et al.) Impact of caloric restriction on health and survival in rhesus monkeys from the NIA study, Nature, 489, September 2012, no. 489, pgs. 318-321

 Millan A. Cultures alimentàries i globalització. Revista d'etnologia de Catalunya. 2000; 17

Parasecoli F, Alimentación y sociedad. 1ª ed. Barcelona: FUOC. Fundación para la Universitat Oberta de Catalunya; 2012

Sebastián L. Un planeta de gordos y hambrientos: la industria alimentaria al desnudo, Editorial Ariel, Madrid, 2009

viernes, 20 de septiembre de 2013

Sé jugar a las damas

Decía el poeta persa Saadi que los idiotas tienen 100 veces menos ganas de encontrar un maestro que éste de encontrarse con ellos. Precisamente todo lo contrario del mito que sostiene que los sabios son unos antisociales. Yo no he conocido a muchos, la verdad. Siempre había pensado que es porque no quieren salir de su cueva (en los Himalayas, por supuesto) para dignarse a hablar con ignorantes que les podrían intoxicar con comentarios sobre programas como Mujeres y Hombres y Viceversa. Después de leer a Saadi ya no lo tengo tan claro, y hasta empiezo a sospechar que quizás he sido yo la que haya rehuido su presencia, no fuera a ser que revelaran que no soy tan lista como creo (ni mucho menos como cree mi padre).

Eso me ha pasado este verano, cuando se hizo manifiesta mi incapacidad para aprender a jugar al ajedrez. Después de intentarlo durante un par de tardes en las que, lo confieso, no rompí el tablero porque no era mío, decidí que ese juego no era divertido. Como ya imaginaba, el parchís es un juego mucho más interesante, no sólo porque las partidas que jugaba con mi abuela me consagran a un nivel casi experto, sino que de encontrarme con un jugador más avanzado, siempre podría alegar que el factor suerte no estuvo a mi favor. El ajedrez no es un juego de azar, así que la excusa no me sirve y aunque dice mi marido que él no es tan bueno como a mí me parece - lo que, de algún modo, justificaría mis derrotas - sé que esconde libros en los que se explican como hacer aperturas semiabiertas, defensas sicilianas y enroques largos. En cualquier caso, al final logré aprender a jugar a las damas y hasta gané alguna partida, evidentemente sin trampas.

No siempre resulta así de sencillo apreciar hasta qué punto somos nosotros mismos los que retrasamos y entorpecemos nuestro crecimiento (mientras culpamos a otros de nuestra ignorancia). A mí me ha costado algunos berrinches cuadriculados y un par de apuestas perdidas - que tendré que pagar lavando platos -, darme cuenta de que he renunciado durante mucho tiempo a arriesgarme a salir de mi zona de confort. No sé hasta dónde me llevará mi nueva aventura con lo desconocido, de lo que estoy segura es de que descubriré que yo no era quien pensaba, sino mucho más y quién sabe si hasta dejaré de ser disléxica con los números, aprenderé a tocar la guitarra, escribiré por fin un libro o seré capaz de mostrarme cariñosa en directo, sin poemas de por medio.

Todo ello sin olvidar dominar las aperturas semiabiertas, las defensas sicilianas y los enroques largos para ganar a mi marido, una partida tras otra, al maldito ajedrez.

lunes, 3 de junio de 2013

Nunca me gustaron las muñecas con pilas

Nunca me gustaron las muñecas con pilas. Recuerdo que la primera muñeca que pedí para Navidad fue escogida expresamente para que aguantara los embistes del uso y del tiempo: allí donde yo estuviera iba también ella, las fotos de mi infancia lo prueban. No concebía una muñeca que no funcionara cuando la necesitara, que pudiera morirse, por así decirlo, cuando se le acabara la batería. Claro que sabía que siempre podía reponer las pilas, pero en mi casa nunca se encontraban las suficientes cuando hacía falta y más de una vez tenías que robarle la pila al walkman para sustituir la del mando a distancia. Con estos precedentes, entenderán que no me arriesgara demasiado y optara por una muñeca con el cuerpo de trapo y la cara, las manitas y los pies de plástico. No me separé de ella en años, y hasta cuando mi madre la ponía en la lavadora me quedaba mirando como daba vueltas en el tambor. Reconozco que lo pasaba mal durante el centrifugado y en alguna ocasión a punto estuve de interrumpir el programa.
 
Con el tiempo mi muñeca se quedó en el armario, yo que le juré que nunca me olvidaría de ella, hubo un día en que salí de casa sin su compañía y así continué hasta hoy, cuando el único peluche con el que duermo, es mi marido. Se hace extraño pensar en aquellas cosas, personas incluso, que un día formaron parte indisoluble de nosotros y que ahora sólo son recuerdos que a veces se me antojan de otra vida. Durante un tiempo también me pareció normal vivir en una casa con mosquiteras en vez de cristales en las ventanas, comer fufu con las manos o ser constantemente manoseada por niños que tocaban mi cabellera salvaje como si fuera un gran don de la naturaleza, yo que siempre me había quejado de lo imposible de amansarla.

Ahora me he vuelto a acostumbrar a otros detalles cotidianos sin los cuales me sentiría rara y no será hasta dentro de unos años cuando me de cuenta de que ellos vienen y van pero yo siempre me reconozco como la misma Sandra. Será porque la memoria es un pegamento perfecto que me hace considerarme un continuo coherente, aunque yo sepa que ha habido momentos en que la adhesión ha fallado y se han abierto algunas grietas entre la niña de 9 años adicta a los libros de Jostein Gaarder y la adolescente que probó el primer chupito de tequila, entre la veinteañera que pensó que nunca saldría de Matadepera y la que poco más tarde cogía el avión casi tanto como el autobús.

Aquí estoy hoy, cumpliendo sueños. De lo que no me separo ahora es del bolígrafo y de la Moleskine, como si poder explicar lo que me pasa le diera sentido, y hasta hacerlo público fuera necesario. Quién sabe si al otro lado de la pantalla hay una mujer que no se acuerda de que lo más importante es no dejarse nunca de lado, aunque las muñecas pasen, y las parejas se desvanezcan, y los paisajes cambien y hasta los ingredientes del plato tengan nombres que nunca antes hubieras comprado por lo difíciles de deletrear.

Que tú nunca te olvides, aún cuando te reinventes o precisamente porque te importas y sabes que no existirías de no ser porque creces. Si tu también eres una de esas personas a las que nunca les gustaron las muñecas con pilas, alégrate, también eres una de esas personas que aprecia la libertad y la autosuficiencia, que sabe que puede seguir funcionando porque no depende de una fuente de energía externa. Eso sí, conéctate contigo misma, de otro modo, te será imposible que te saquen risas aún cuando te aprieten con ternura la barriguita.

P.D. Releo el artículo unos días mas tarde, enfrascada como estoy también en la lectura del libro de Francesc Torralba Vida espiritual en la sociedad digital (lo confieso, leo montones de libros en paralelo) y me doy cuenta de que mi animadversión hacia las muñecas con pilas no es más que la traducción infantil de un anhelo por lo trascendente, lo infinito y lo eterno, por no decir un anhelo por lo sagrado y espiritual… Al final tendré que darle la razón a los niños que en mi clase me llamaban rara.

Artículo publicado en la plataforma digital de emprendeduría Reinventtv

lunes, 6 de mayo de 2013

Pastillas para vivir

Hace apenas unas semanas uno de los programas mejor valorados de la parrilla televisiva se hacía eco de la excesiva medicalización del sistema. Médicos, farmacólogos y ex-visitadores médicos revelaron algunas de las estrategias con las que actúa impunemente la industria farmacéutica. Pónganse en la piel de una empresa el cliente potencial de la cual es un enfermo… Este interés comercial puede muy lícitamente conducirnos a la sospecha, pues cubiertos los trastornos típicos que llenan nuestro botiquín de antitusivos, antitérmicos, antiinflamatorios y mucolíticos, existe un vacío que las empresas farmacéuticas intentan llenar, al menos mientras siguen con su batalla contra la muerte.

Hace tiempo que sabemos que la mayoría de los productos en el mercado consumista no existen para cubrir necesidades, sino para crearlas y aunque en un inicio nos pareció perverso, ahora nadie se queja mientras pueda comprarse los lujos que se imponen como requisitos del buen ciudadano de la sociedad capitalista. Lo peor es que la industria farmacéutica ha calcado el truco de magia y la ambición por el lucro ha superado el espíritu de servicio que nunca tendría que haber perdido, no sólo porque juegan con el bolsillo de sus clientes, sino también con su salud.

Mientras que en la otra parte del mundo - que parece como la otra cara de la luna, porque nunca nos la dejan ver - se muere de enfermedades que podrían ser tratadas rápida y eficazmente, la industria farmacéutica se afana en investigar para hacer crecer el pelo en la cabeza de los hombres, sacarlo de las piernas y de las axilas de las mujeres, estirar la piel de la cara, bajar hasta las cotas que ellos mismos imponen los niveles de colesterol y, en definitiva, crear productos para el cliente que saben que les puede pagar, a pesar de que esté mucho más sano que los moribundos pobres con tuberculosis, sida y desnutrición severa.

La salvación a todo está en una pastilla, un remedio indoloro que ahora también soluciona nuestra incapacidad para gestionar la frustración, que no es más que la manera que tiene la vida de mostrarnos que no siempre aquello que deseamos es aquello que necesitamos. Pero esta explicación no tiene detrás rendimientos económicos, como tampoco los tiene aprender a respirar, a comer o a descansar y puestos a elegir, hay mucha gente que prefiere tragarse un comprimido que una lección, sobretodo los niños a los que se les ha medicalizado el fracaso escolar. Dentro de poco se podrá leer en los prospectos de los fármacos para TDAH que el aumento de la dosis también redunda en una nota más alta en los exámenes y hasta quién sabe si los profesores del futuro suministrarán, junto con el nauseabundo flúor del mes, sobres efervescentes para conseguir que los niños dejen de escribir balón con v y hoja sin hache.

En cualquier caso, no me gustaría acabar sin matizar que la seducción de las píldoras ha colonizado también los herbolarios, donde productos tan artificiales como los de las farmacias, pero con nombres mucho más naturales, se venden como verdaderas panaceas: sin contraindicaciones, ni efectos secundarios que tanto sirven para la alergia como para el Alzheimer, y hasta para que te salga mejor la paella de los jueves, porque a este paso cualquier cosa parecida podrá ser digna de consejo médico.

En mi consulta, como mucho, prescribo platos, no en vano, las recetas culinarias son también las primeras recetas médicas de la historia, y si me vienen pacientes que de lo único que padecen es de incapacidad para comprender que los pequeños contratiempos de la vida sólo se curan entendiendo que es su interpretación sobre lo que debería ser, la que está equivocada, entonces les sonrío y les digo que eso sólo se soluciona con la muerte… del ego. 


Artículo publicado en la plataforma digital de emprendeduría Reinventtv

miércoles, 10 de abril de 2013

En memoria de José Luís Sampedro

Escribo hoy después de enterarme de la muerte de uno de mis escritores favoritos, José Luís Sampedro. Fue uno de los primeros autores a los que admiré y que me humilló, porque hasta que cayó en mis manos su novela La vieja sirena, yo pensaba que escribía bien y hasta me parecía que podría competir con algunos de los autores de moda. Pero Sampedro me puso en mi lugar y debo admitir que lo hizo a tiempo, antes de que mi entusiasmo juvenil me llevara a alardear demasiado y alguien con menos miramientos me dijera que lo mío eran cuatro palabras bien puestas, nada más ni nada menos. Esa declaración, que ahora parece hasta inofensiva, pudiera haber herido tanto mi orgullo desmedido que hasta podría haber desencadenado un mutismo lírico de por vida.
 
Pero aquí estoy, a pesar de mis vaivenes y mis complejos, porque teniendo a Sampedro, Kundera, Grandes, García Márquez y Auster en el altar de mi biblioteca, es difícil atreverse a escribir sin admitir de antemano que voy a fracasar. Me consuela saber que ellos tuvieron a un Galdós, un Tolstoi, un Cervantes, un Faulkner o un Borges antes, pero no me consuela demasiado, la verdad. En cualquier caso, voy a intentarlo, porque de otro modo, quizás no hubiera habido más literatura desde el Gilgamesh o desde la Odisea y puede que toda la historia de las palabras no sea más que la historia de la osadía y del descaro, la historia de los hombres y las mujeres que se atrevieron a decir la última palabra y a pretender, incluso, inventar alguna más.

Sampedro me ha arrancado algunas lágrimas este mediodía, cuando emocionada le decía a mi marido que el responsable de nuestra visita a Aranjuez esta Semana Santa había fallecido. Hasta a mí me ha resultado extraño llorar por un hombre que sólo conozco por sus libros, pero entonces me he dado cuenta de que conocer a alguien por lo que escribe es conocerlo mucho más profundamente que por lo que simplemente dice mientras compartimos una botella de vino. Diría que hasta he hecho el amor con él – muy castamente, se lo aseguro – cuando describía como Ahram y Glauka se lamían la sal del mar en una cueva.

Octubre, octubre, su testamento vital, su obra-mundo, me acompaña ahora a todas partes, bien, a todas no porque es un libro de medio kilo que no cabe en mi bolso porque con el resfriado está lleno de paquetes de Kleenex y de caramelos para la tos. Sampedro también fue uno de los primeros autores que conocí con una doble vida, la suya mucho más difícil que la mía, porque tenía que conciliar su trabajo como economista con su faceta literaria y yo, que ya tengo problemas serios tratando de armonizar mi vida laboral como coach nutricional y naturópata con mi vertiente de escritora, no sé como lo pudo hacer él cuando se presentaba en las fiestas y en las reuniones, y es que a mi todavía me cuesta decidir qué identidad es la que más me corresponde y hasta pienso que si pudiera profesionalizar este pasatiempo que me estimula mucho más que un café cargado – no les engaño, ¡hasta me cuesta dormir después de escribir! – quizás no me encontrarían el próximo lunes en Animasalus…


Artículo publicado en la plataforma digital de emprendeduría Reinventtv 

martes, 19 de marzo de 2013

Día de salud: día del padre

Temo las celebraciones en las que se supone que tengo que hacerte un regalo, eso incluye: cumpleaños, navidades y, como es el caso, días del padre. Confío en que tú me perdonas los santos. Temo estas fechas porque año tras año he ido gastando los pocos artículos que podrían gustarte y en mi lista de obsequios pendientes hay un vacío que ni con antelación he sabido rellenar. Igualmente debes admitir que no me lo pones muy fácil, pues no usas corbatas, y tengo una hermana con la que competir en colonias, bolsas de tenis y camisas de marca. Últimamente, ya lo sabes, me había dado por regalarte libros, pero sospecho que no se han abierto demasiado y hasta pudiera ser que alguno empezara a amarillear.

Por eso se me ocurrió el otro día, a última hora, justo cuando se me acababan los temas para los artículos que escribo en los variados medios de comunicación, que quizás tenías de todo, menos un artículo dedicado a ti y publicado en internet. Claro que vas a tener que compartir este privilegio con los muchos otros padres que se sientan identificados con estas palabras, sobretodo porque todavía no soy tan famosa como para hacer de mi tribuna literaria un espacio exclusivo para mis memorias personales.

Además, voy a tener que disimular el artículo con alguna referencia interesante y conveniente, y hasta relacionar este original desvarío literario con mi función de bloguera especializada en temas de salud consciente. En cualquier caso, escribo en una plataforma de televisión digital de emprendeduría, lo que me permite mencionarte legítimamente y hasta me atrevería a decir que forzosamente, pues tú eres uno de los mayores emprendedores que conozco, capacitado para dar charlas y talleres sobre la importancia de la valentía, la audacia, la inteligencia, la motivación y la pasión necesarias para el éxito de cualquier proyecto. Es verdad que tu labor de maestro en las asignaturas de sacrificio y empeño debieran compensarse con la de alumno en las de descanso y paciencia, pero aún así la balanza sigue saliendo a tu favor.

Cabe añadir que yo no estaría escribiendo todo esto si no fuera porque un día de hace ya veinte años me prometiste que iríamos juntos a la librería y me comprarías todos los libros que yo escogiera. La elección que hice entonces todavía me sorprende: dos diccionarios y dos libros de poemas. Más tarde descubrí que mi afición por la escritura estaba tan bien vista por ti, que hasta podía pretender recitar un poema en medio de un partido de fútbol televisado, sabiendo que tú bajarías el volumen y me escucharías. Creo que nunca probé este poder en un Madrid-Barça, pero déjame pensar que hasta incluso en tal ocasión hubiera captado tu atención. Tampoco estaría escribiendo todo esto bajo este título rimbombante que me define como “Coach nutricional y naturópata humanista” si no fuera porque siempre me has apoyado en todas las decisiones que he tomado, incluso cuando éstas implicaban alejarme miles de kilómetros para vivir en un campo de refugiados.

Filosofías y terapias varias hablan de la importancia del agradecimiento como un factor imprescindible para la atracción de todo aquello que deseamos. Dar las gracias es una muy buena manera de mostrarle al mundo que somos dignos de lo que nos regala, por eso este escrito también es una terapia que me permite saldar mínimamente la deuda que he contraído con el universo y contigo; por eso este artículo que protagonizas es también una manera de hablar de salud sutilmente: las relaciones familiares también pueden ser literalmente enfermizas o portentosamente sanadoras. Yo espero que acabada esta entrada de blog me haya curado de la miopía y del astigmatismo. Pero aunque siguiera necesitando lentillas después del punto y final, no consideraría que esta dosis de escrituraterapia hubiera sido en balde, al menos me habrá servido de regalo para el Día del Padre.



Article publicat a la plataforma de televisió digital d'emprenedoria Reinventtv  

lunes, 4 de marzo de 2013

La (r)evolución de la salud

“No comiences una dieta que acabará algún día, empieza un estilo de vida que dure para siempre.” Ésta es precisamente una de aquellas frases que resume la filosofía con la que trabajo y que deberé memorizar para cuando la gente me pregunte qué diferencia exactamente al coach nutricional del dietista convencional. Claro que hay muchas otras diferencias que me alejan del nutricionista que cuenta calorías, mide IMCs y recomienda carne y lácteos para la salud y la larga vida. Igualmente, es cierto que si no mencionara que en mis consultas quien más trabaja es el (im)paciente, que hablamos de nutrir el cuerpo físico, pero también el emocional y el mental, y que receto hablarle a la comida y escribirle cartas de despedida a los michelines y a las cartucheras, hasta podría parecer que soy una terapeuta normal, pero yo siempre me acuerdo de la frase de Krishnamurti que dice “No es signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma” y es por eso que me esfuerzo en salirme por la tangente.

Soy de las que piensa que cuando la norma proviene de un mal líder, es mejor desobedecer y el sentido común me hace sospechar que el paradigma de salud actual - aunque quizás debiera decir “de enfermedad” - no invita al proselitismo a menos, claro está, que te guste ir de víctima por la vida y entiendas que el cada vez mayor número de enfermedades con nombres impronunciables añade valor a tu personalidad. Hay quien se identifica de tal modo con sus trastornos que los usa para diferenciarse del resto, y en sus citas ya no presume de sus logros personales o profesionales sino de sus heridas de guerra.

Tenemos mucho trabajo por delante ahora que comprendemos que el protagonista de nuestra salud debe ser cada uno de nosotros, y que los grandes especialistas sanitarios más que bastones para los momentos en qué cojeamos, deben ser trampolines que nos impulsen y nos permitan coger la batuta de nuestra vida. La revolución de la salud está a la par con la reinvención del ser humano: uno que no sólo encuentre tiempo para entrenarse en pistas de pádel o de atletismo, sino que también lo disponga para ejercitar su alma; uno que no sólo encuentre tiempo para formarse en inglés y patchwork, sino que también lo disponga para aprender a cuidarse. No en vano, las palabras curar y cuidar se asemejan tanto: cuídate para no tener que curarte cuando ya sea demasiado tarde. 

Invierte tus energías en el vehículo que se te ha prestado: no sólo deberás hacer menos paradas de urgencias en boxes sino que también servirás mejor a tu propósito de vida. Esta crisis está concibiendo un nuevo mundo que en cualquier momento dará a luz, pero para que el parto y la crianza sean favorables necesitamos personas en plenas facultades. Ya no más “tu salud es cosa tuya”, ya no más “me da igual si te matas, es tu vida”, estamos todos tan interconectados que si realmente quieres ser responsable y tener un papel activo en esta nueva sociedad, prepárate: se buscan seres humanos sanos.

Article publicat a la plataforma de televisió digital d'emprenedoria Reinventtv