viernes, 19 de junio de 2015

La lógica de ser ético

Me dan miedo algunos libros. Son obras sin personajes monstruosos ni tramas violentas, y aún así me asustan. Será porque contienen información que puede trastornar mi vida. Ya me ha pasado antes, de hecho falta poco para que se cumpla el primer año de mi lectura del Espejismo de Dios de Richard Dawkins, y les avanzo que celebraré una fiesta muy pagana, quizás oficiada en el CERN. Leí el manifiesto ateo sin intuir que me desgarraría, pensaba que era un libro inofensivo, cuán equivocada estaba. Por eso ahora que sé que hay obras que son letales, las busco ansiosa y las leo temerosa, y a riesgo de parecer perturbada, masoquista o sádica, lo hago porque es la única manera que conozco para no atrofiarme, para obligarme a reflexionar sobre mi propia manera de ver el mundo. Para que sirva, tengo que ser honesta, y si lo que leo contradice lo que yo pensaba que sabía, y no encuentro forma posible de refutar los argumentos -y mi marido, al menos, sabe que soy bastante buena en eso-, entonces tendré que abandonar mis viejas ideas y actuar en consecuencia. Yo me rindo ante la autoridad de las demostraciones y los razonamientos, quizá porque soy orgullosa y prefiero corregirme (admitiendo mi error) que vivir disimulando que no estoy equivocada.

Por eso ahora el libro Salvar una vida de Peter Singer amenaza mi statu quo. Todavía más porque es un libro sobre ética que me interpela no sólo a modificar mi concepción de los vínculos que me unen al resto de seres humanos, sino sobre todo mi conducta en relación a ellos. Singer me pide que pase a la acción y yo no sé negarme cuando la exposición de sus conclusiones es de una lógica tan aplastante que no me da opción a replicarlo. De momento, sé que si no llevo a cabo lo que Singer propone será por falta de voluntad, tendré que asumir que soy una persona menos comprometida de lo que me gustaría, vivir con este dilema que me revela que no hago todo lo que pudiera (¿debiera?) para salvar una vida, sumarme a la legión de las personas que aborrezco y que dicen que ellas tienen derecho a hacer lo que les venga en gana, como si ese derecho fuera legítimo cuando entra en conflicto con el derecho de otras personas a vivir, como si se admitiera que no se está dispuesto a hacer el menor sacrificio por los otros, aunque sepamos -o incluso sólo sospechemos- que nuestra pequeña acción pudiera significar su salvación. 

Releo lo que escribo y me fastidia parecer una monja. Sin embargo, sé que mi discurso no proviene de un dogma, sino de una aproximación científica -metódica, imparcial, escéptica- a las evidencias que derivan de la minimización del impacto de mi vida sobre otros seres vivos, sobre el planeta, sobre el futuro. Por eso no me apenaría olvidarme de Singer y de poner su ética en práctica si alguien me demostrara con igual contundencia que hay margen para la discusión. También por el mismo motivo cuestionaría seguir siendo vegetariana. Si de repente mañana alguien prueba que mi dieta es perjudicial para mí y para el mundo o, incluso, que es ineficaz para combatir las cuestiones agroalimentarias relacionadas con el sufrimiento animal, la huella ecológica e hídrica o la soberanía alimentaria, entonces también mañana mismo empezaría a llenar mi nevera de hamburguesas. 

Para acabar, deben disculparme, parece ser que a la gente no le gusta que le hablen de estos temas, como si actuar éticamente sólo fuera una opción personal, pero ¿de verdad no existe ninguna obligación moral? Queda inaugurado el debate.

Artículo publicado en el Diari de Terrassa el 19 de junio de 2015

sábado, 6 de junio de 2015

30 días justos

No siga leyendo si le incomoda la sinceridad extrema. Hoy de nuevo sé que no estoy embarazada. Desde hace casi un año vivo en un déjà vu mensual que sigue un ciclo terrorífico de ilusión-decepción. Si la menstruación me tarda un par de días en llegar empiezo a mirar cunas.  Tonteo con los foros de mujeres que se preguntan si un leve dolorcillo en el pecho, un bostezo que dura mucho  o un poco de ardor estomacal será síntoma de embarazo. Los leo y me convenzo. No voy a hacerme la prueba porque entonces sabré que mi imaginación me engaña, pero qué bien se está pensando que esta vez por fin ha llegado. Luego ya me angustiaré por si el embrión no sobrevive la fecha límite que siempre le da mi cuerpo: dos meses a lo sumo. 

Mi marido y yo somos perfeccionistas, de esos que tienen un láser métrico en casa porque la cinta de toda la vida no es suficientemente exacta, de los que han pensado y diseñado un mueble para que la distribución de los botes en el armario sea la más apropiada, de los que se pasaron dos horas discutiendo dónde guardarían el aspirador, en aras de la comodidad y la estética. Por eso supongo que siento que a nuestra familia le falta algo sin un hijo, que es, en definitiva, defectuosa. Y eso que nuestro perro se porta como un bebé, ahora que cada noche nos despierta tres o cuatro veces porque o bien tiene sed, o insomnio o calor o véte tu a saber. Fantaseo con darle el biberón. 

Las madres y los padres siempre dicen que su hijo es lo mejor que les ha pasado en la vida. Me tienta comparar todo lo que me ha pasado a mí para ver si todavía sigo perdiendo y ni mi estancia en un campo de refugiados, ni mi relación maravillosa con mi marido, ni mi excitante vida universitaria, ni esta sensación que tengo cuando escribo, ni nada de lo que he hecho o hago sea como tener un niño. A veces soy mala y me apeno de las madres enajenadas que ya no disfrutan de nada más que de tener a su hijo encima, las compadezco porque están como drogadas y la evolución las domina, pero me dura poco y aunque yo acabe siendo una zombi más supeditada al apego instintivo de las crías, quiero saber qué se siente. ¿De verdad preferiré ver gatear a mi hija que leer a Richard Dawkins? ¿De verdad no me arrepentiré de, si llega el caso, no haber acabado mi doctorado? A veces pienso que soy poco maternal, que en el fondo yo sólo quiero tener hijos porque, otra vez, querría decir que ya sí, mi familia es perfecta, sobretodo si el niño es tan guapo como su padre. Quizás yo no querría tener un niño si me diera cuenta de que lloran y no se callan, de que despiertan también un instinto, con perdón, asesino, y de que duran siempre y en todas mis horas muertas y mis viajes -también en los que de jubilada esté dando vueltas por el mundo en autocaravana con mi marido-, tenga que llamarlo(s) para que mi mundo esté en paz, para que pueda estar tranquila, como cuando no tenía hijos de los que preocuparme. 

Si ha seguido leyendo hasta aquí, no me imagine llorando desconsolada, tocándome el vientre plano, cerrando las pestañas de los foros de mujeres que anhelan estar embarazadas. Estoy bien, no necesito que me consuele. No es una buena idea decirle a una mujer en esta situación que no pasa nada, que no se obsesione, que todo llega o incluso que conoce a alguien que le llevó huevos a Santa Clara. No se lamente por mi, prefiero que me diga, aunque sea mentira, que los niños son un agobio. Espero contradecirla un día y mientras tanto jugar a romper este tabú y el silencio de las mujeres que se desangran.

viernes, 5 de junio de 2015

Cambio agua de mar por vacunas


Me inquietan las tonterías que se difunden en la televisión, sobre todo porque se dicen en programas que parecían serios, pero que se están ganando a pulso entrar a formar parte del contenedor de la telebasura. Qué tiempos aquellos cuando todos sabíamos qué presentador o programa merecía nuestra confianza. El investigador y divulgador científico Daniel Closa se lamenta de que Jaume Barberà esté exhibiendo en el Retrats una colección de personajes que parecen sacados de un circo, aunque digan llamarse médicos o terapeutas. A Closa le preocupa, además, que esa falta de rigor de Barberà escogiendo entrevistados con tanto gancho televisivo como poco conocimiento real de lo que apoyan, estuviera presente ya cuando pasaban por el programa economistas u otros expertos en campos sociales que a Closa, sin formación en estas disciplinas, le parecieron dignos. Quizás también fueron charlatanes que, perdonen la expresión, “daban el pego”. 

Algo parecido me pasó a mí también, yo que me compré los libros de Olga Cuevas y de Pérez-Calvo porque estuvieron en el programa y un periodista les daba cancha, promocionando una cobertura informativa acrítica y equidistante que no debería existir cuando se apoya en falsas dudas. ¿Qué les parecería que se hicieran programas en los que aparecieran supuestos expertos que dijeran que la Tierra es plana? ¿Lo ven absurdo porque ya está probado lo contrario? ¿Piensan que no hay que ofrecer un micro a quien se aprovecha de la ignorancia de algunos? ¿Opinan que darle cobertura a opiniones distintas sólo es válido - y quizás hasta obligatorio - cuando los argumentos presentan evidencias? Ya nadie piensa que pueda existir un debate o controversia real sobre este tema: hemos visto a la Tierra fotografiada por satélites, hemos experimentado la redondez voluptuosa de nuestro planeta, los cálculos matemáticos que explican y predicen movimientos, órbitas o fenómenos naturales los apoyan. No tiene sentido que enarbolemos la bandera de la libertad de expresión, de la democracia o de la relatividad si con ello negamos lo que ya sabemos y lo hacemos substituyéndolo por fantasías porque las dice alguien -que, a veces, sorprendentemente, también es médico o profesor universitario- que se aprovecha de los límites de la ciencia para tergiversar y llevar hasta el absurdo cuestiones razonables. Es lo que pasa con el movimiento antivacunas, que confunde los efectos secundarios de las vacunas -fiebre o dolor e inflamación en la zona de la punción- con su necesidad y efectividad, si es que además no le suman teorías más estrambóticas que les suponen riesgos como causar autismo.

Para dar una información clara y completa sobre la salud, las prácticas médicas -sea el uso de agua de mar o de vacunas- no hace falta invitar al debate a los que demuestran no saber nada del tema. De nuevo, imagínense que cuando deciden levantar los cimientos de su nueva casa no sólo le preguntan al arquitecto qué método estructural va a seguir, sino que, en aras de manejar cuanta más información posible para decidir “con criterio”, también le preguntan al panadero, a la vecina que pasea perros y al niño que construye ciudades con Legos. ¿De verdad pensarán que sus opiniones tienen relevancia? ¿De tomarlas en serio, no creen que regirse por alguna de ellas podría llegar a ser perjudicial? 

Me apena que haya un niño con difteria en el hospital, con unos padres que no han elegido bien a pesar de lo mucho que lo deben querer, que se han creído al pseudocientífico de turno y que han pensado que su hijo estaría más sano alejado del sistema médico, que ahora está intentando curarlo.

Artículo publicado en el Diari de Terrassa el 5 de junio de 2015

miércoles, 3 de junio de 2015

El bagul dels records dels homes té la clau que obre el futur



A l’entrada del bloc número 4 del camp de concentració i d’extermini d’Auschwitz hi ha escrita la següent frase: “The one who does not remember history is bound to live through it again” signada per George Santayana. La podríem traduir per “aquell que no recorda la història, està condemnat a repetir-la”. Òbviament es refereix a l’Holocaust, però la cita s’ha atribuït també a un altre filòsof que ja la va emprar molt temps abans que el segle XX la necessités: Marc Tul·li Ciceró (106-43 a.C) és qui probablement sigui el primer autor conegut d’aquest sentència. És possible que tothom hi estigui d’acord amb la idea i ningú discuteixi que recordar el nostre passat pot estalviar-nos ensopegar amb la mateixa pedra. Així, les disciplines històriques no només són benvingudes en tant que corpus de dades que ens ajuden a conèixer-nos, sinó com a eines que ens poden servir per construir una societat més madura. No debades, podem considerar les cròniques del passat com un manual d’instruccions que ens permet aproximar-nos, en base a experiments d’assaig i error, a què funciona i què no ho fa en el planeta humà. Tanmateix, sembla que sigui més difícil convèncer que l’aforisme, encara que no ho digui explícitament, també hauria d’incloure la prehistòria, doncs encara que no disposem de fonts escrites per saber quina va ser la vida dels humans, gaudim d’altres registres igualment significatius per aprendre llurs lliçons. Així, al llarg d’aquest breu assaig demostrarem la importància del material cultural preservat del passat com a contribució a la comprensió de les societats humanes modernes i futures.

Què ens poden ensenyar els humans que fa 2,4 milions d’anys aproximadament iniciaren una nova branca evolutiva i es distingiren dels australopitècids? Existeix una idea generalitzada que no tenim res a aprendre d’aquests éssers, doncs nosaltres ja els hem “superat”, som els guanyadors d’aquesta carrera que ha anat deixant enrere les espècies que no han sabut adaptar-se. Però aquesta és una manera insensata de pensar, doncs nosaltres, como a Homo sapiens, només portem 200.000 anys a la Terra i només fa 6.000 que escrivim, mentre que la nostra Prehistòria com a espècie i també com a gènere s’allarga, com hem dit, fins a principis del Pleistocè. Poder evocar el passat en escales temporals més àmplies, evitant el curtplacisme tan estès actualment, ens proporciona una manera única de reflexionar sobre la condició humana i sobre l’origen de patrons de comportament que pot ser, fins i tot, hem rebut d’una herència animal llunyana, seria el cas de l’autoritarisme i la jerarquització presents en algunes organitzacions de primats. Qui sap si, com diuen Eudald Carbonell i Robert Sala (2002), després d’analitzar-nos a partir d’aquest teló de fons conceptual no haurem també de dir que “encara no som humans”.

Així, el paleoantropòleg el primer que ens pot mostrar és que l’ésser humà ja fa temps que s’ha emancipat lleugerament de la sel·lecció natural, des que amb les primeres pedres va crear òrgans exosomàtics que iniciaren una nova sel·lecció, la tècnica, que pot ser igualment cruel si no es socialitza. Per tant, del passat cal aprendre que no estem lliures de l’extinció i que la solució està en les nostres mans -mai millor dit-, si després d’emprar-les per fer ciència i tecnologia, les obrim per compartir. El camí de l’hominització potser hagi acabat però el de la humanització encara necessitarà de la solidaritat i de la comprensió de que o vivim en col·lectivitat o morirem sols. No debades, una de les hipòtesis de l’extinció dels neandertals és precisament que acabaren marginats en grups reduïts, incapaços de fer front als problemes de l’endogàmia i dels nous humans que els desplaçaven.

Igualment, l’explosió demogràfica actual ens obliga a deixar els atavismes que idolatren la natura i idealitzen el passat per sobre de tot, doncs no podrem fer front a la densitat de població sense la biotecnologia que permeti que tothom pugui menjar sense espoliar els recursos del planeta. Estem encara limitats pel medi, però també per les nostres ments adoctrinades, farcides d’un pensament màgic que té por al progrés científic i lluita contra noves formes de fer agricultura. Qui sap si també els primers ramaders i agricultors del Neolític van rebre la desaprovació dels darrers caçadors- recol·lectors que veien en la voluntat dels homes de dominar la terra una ofensa als déus. Cal, en aquest sentit, apostar pel racionalisme i el materialisme sense culpes a fi de que la nostra ment ens doni ales i no grillons que ens limitin amb la invenció d’entitats sobrenaturals que ens vigilen, ens controlen i ens imposen una moral ineficaç, perquè només s’aplica a grups humans que es considerin afins, tot excloent l’alteritat. També la Prehistòria ens mostra que “els altres” només ho són superficialment, perquè els humans formem tots part d’un mateix col·lectiu que no permet els supòsits del racisme.

No podem tenir por de la tecnologia, com hem dit, no estaríem aquí sense ella, sense les primeres eines olduvaianes no hauríem tingut accés a uns recursos que eren exclusius dels grans carnívors; sense el foc no haguérem cuinat uns aliments per fer-los més digeribles, no haguéssim millorat les armes i possiblement tampoc no haguéssim començat a explicar-nos històries a la vora de la llar, fent les nits més llargues i comunicatives, i fomentant la cohesió grupal. La trajectòria evolutiva humana ha anat de la mà d’aquests invents i descobriments i ja no podem tornar enrere sense sacrificar també la nostra essència i fins i tot la nostra supervivència. Amb el desenvolupament tècnic també veiem com els patrons de diversitat, d’heterogeneïtat, ens ofereixen un rang de possibilitats noves, amb un potencial que en poc temps permet salts qualitatius impressionants: només han calgut 7.000 anys perquè de la roda que ens arriba de Mesopotàmia passem als coets espacials. Però tot i així veiem que la roda segueix present en el nostre dia a dia, motiu pel qual convé no descartar les invencions del passat per considerar-les obsoletes o massa simples: no sempre necessitem ordinadors per escriure la llista de la compra, un senzill bolígraf ens pot fer molt servei. També els diferents modes tècnics van conviure segons les necessitats i la disponibilitat del medi, i ja vam veure anteriorment que l’adscripció cronocultural de la indústria lítica no necessàriament depèn de la capacitat cognitiva.

Amb l’estudi del passat llunyà i les dades paleoclimàtiques que n’obtenim som capaços d’entendre que la crisis climàtica actual no és l’única en la història, encara que potser sigui la primera amb un fort component antròpic. Aquesta gran lupa retrospectiva ens permet, a més, entendre que els humans mai hem estat en perfecta harmonia amb el medi, però ara tenim la capacitat de preveure i fer front als desastres naturals.

La perspectiva evolutiva també és rellevant per aproximar-nos a la salut i la medicina, investigant noves hipòtesis sense caure en el reduccionisme del qui aposta per eliminar un ingredient o, al contrari, exercitar-se com l’home del Paleolític atès que, suposadament, estem més adaptats a uns aliments o moviments que altres. El paleo lifestyle és pseudociència, però certament no hem d’oblidar que tenim una càrrega heretada que pot ser clau per enfrontar-nos als reptes actuals que ens imposen les malalties típiques de la transició epidemiològica, causades per l’opulència, la novetat i el desús (Lieberman, D., 2013).

Finalment, les noves tecnologies ens han permès crear una xarxa de relacions que ens apropa a les guerres i als conflictes de l’altra banda del món, fent-los una mica nostres, permetent-nos jugar un paper important si no deixem passar l’oportunitat de fer un activisme virtual també efectiu - com ja es va demostrar amb la revolució a Egipte el 2011 a través de Twitter. En contra de la crítica postmoderna, penso que la globalització pot ser un bon punt de partida per retrobar-nos, per recordar els nostres orígens comuns al continent africà, per fer valdre que tenim una molt bona oportunitat d’avançar plegats, com a espècie, fins i tot com a terrestres en conjunció amb la resta d’éssers vius, fent aflorar una consciència ètica interespecífica i deixant de banda identitats i afiliacions anecdòtiques, que si bé han pogut tenir utilitat en el passat ara ja només són un llast. I que ningú tingui por a la mort, què millor que pensar que potser els nostres ossos, d’aquí molts anys, seran com la Lucy, el Miguelón, el nen de Taung, el noi de Nariokotome o Mrs. Ples i podrem formar part de l’eternitat real, de la història dels propers humans. 

Bibliografia


Barsky, D., (2015) “Els orígens de la cultura material humana” mòdul de l’assignatura Cultura Material del Grau d’Antropologia i Evolució Humana de la URV-UOC

Barsky, D., (2015) “L’aplicació de conceptes per la prehistòria per a entendre la societat humana” mòdul de l’assignatura Cultura Material del Grau d’Antropologia i Evolució Humana de la URV- UOC

Carbonell , E.; Sala, R. , 2002. “De la religió a la ciència” a Encara no som humans. Biblioteca Universal Empúries, pp. 125-135

Carbonell , E.; Sala, R. , 2002. “La ciència: el gran projecte humà” a Encara no som humans. Biblioteca Universal Empúries, pp. 153-161

Carbonell , E.; Sala, R. , 2002. “Ètica passada la frontera” a Encara no som humans. Biblioteca Universal Empúries, pp. 162-168

Carbonell , E.; Sala, R. , 2002. “La darrera resocialització” a Encara no som humans. Biblioteca Universal Empúries, pp. 169-174

Eller, J.D. (2009) "Understanding and Studying Culture (Defining Culture)". a Cultural Anthropology. Global Forces, Local Lives. Nova York: Routledge,. p. 25-34.

Lieberman, D. (2013) La historia del cuerpo humano, Pasado y Presente, Barcelona

viernes, 29 de mayo de 2015

La curiosidad no le matará: usted no es un gato

Me he propuesto que usted hable de cosas que hasta ahora no sabía o incluso no le interesaban. Voy a necesitar toda la fuerza de la persuasión, de la retórica y de la razón para conseguirlo. Me falta paciencia pero me sobra pasión, así que espero cumplirlo en breve. Prometo que no haré trampas y no usaré falacias para impresionarlo. Quiero pensar que me bastará con apelar a su curiosidad de niño, fascinado por un mundo del que tenía todo que aprender y para el que se escribieron maravillosos libros como los que guardo cuál tesoros. Se editaron entre 1968 y 1971 así que muchas de las respuestas, e incluso de las preguntas, están obsoletas, pero todavía los hojeo y aprendo. Cinco tomos rojos que exhortan a contestar a las órdenes del dime por qué, dime qué es, dime dónde está, dime cómo funciona, dime cuéntame y dime quién es. ¿Los conocen? Apuesto a que sí. Con ellos aprendí que no hay árboles sin flores -aunque no se vean-, qué es un sextante, dónde está el Mar Muerto -me fascinaba la imagen que acompañaba el texto, de un hombre vestido leyendo el diario y flotando en el agua-, o quién fue Pico de la Mirandola.


Con ellos también me di cuenta de la importancia de formular las preguntas adecuadas, de otro modo, imagínense que pérdida de tiempo si nos abocáramos a estudiar por qué las colas tienen perro, por qué los cajones tienen mesas, por qué la sombra tiene un pino, por qué las nubes no escriben cartas o por qué los sellos no beben cerveza. Éstas son algunas de las preguntas de un personaje que Gianni Rodari retrató en su extraordinario libro Cuentos por teléfono. Parece ser que el pobre hombre se había acostumbrado desde pequeño a ponerse los calcetines del revés, lo que probablemente causaba que nunca hubiera podido hacer las preguntas “a derechas”. 

Pero esas preguntas no me dan miedo porque son evidentemente absurdas y a nadie se le pasa por la cabeza dedicar su vida a responderlas, ni mucho menos a escribir libros o a crear comunidades apologistas con las, forzosamente, falsas soluciones. A mi me asusta que haya quien pretenda saber por qué hay que someterse a lo que dice Dios -como si existiera-, por qué los vegetarianos son unos extremistas -como si fuera verdad- o por qué la homeopatía cura, descartando lo que ya se sabe, que es un placebo. El arte de hacer preguntas no sólo pasa por no dar por hechas situaciones o confundir las consecuencias con los causas, sino en ser lo suficientemente honesto para aceptar las respuestas cuando están adecuadamente fundamentadas, aunque -o sobretodo- contradigan sus creencias. Cuestionar las evidencias es importante, pero cuidado cuando eso nos lleva a obstinarnos en no admitir ninguna certeza porque “todo está manipulado” o porque “la teoría del conocimiento científica es antihumana”, por ejemplo. Por ese camino sólo llegamos a un nihilismo extremo, a un territorio postmoderno fértil para las explicaciones sobrenaturales que pretenden rivalizar con las que se han erigido a base de duras pruebas y comprobaciones.

Conste que me encanta la fantasía, el realismo mágico y la ficción, pero fuera de los libros de texto, de las enciclopedias, de las universidades, de los debates serios, de los reportajes y entrevistas en el diario o de los programas de la televisión, y cuando tengo ganas de enfrascarme en el misterio lo mismo leo a Carl Sagan que a García Márquez, pero sin confundir sus géneros.


Artículo publicado en el Diari de Terrassa el 22 de mayo de 2015

viernes, 22 de mayo de 2015

La guerra también está aquí

Estaba a punto de irme a dormir. Cabeceaba en el sofá ante la última ronda de zapping. Es lo que hacemos en casa para decidir si ha llegado el momento de claudicar. Si del canal uno al ocho no hay nada que nos enganche, se acabó. No pintaba bien, ya habíamos hecho una ronda hacía unos minutos y entre los programas malos, las películas a punto de acabar y la publicidad no habíamos detectado rastro de vida inte…resante detrás de la pantalla. De repente me doy de bruces con una entrevista a periodistas de guerra y entonces sí, me tuve que quedar hasta el final, luchando contra los ojos que se me cerraban por las lentillas ya secas. 

Admito que el programa me daba un poco de miedo, “Españoles contra la Yihad” sonaba a una mezcla de Españoles en el Mundo, junto con Equipo Investigación, Callejeros, Policía Internacional o Cárceles. Los docu-espectáculos son como la pseudociencia, parecen lo que no son, se hacen pasar por programas informativos cuando, de hecho, son shows sensacionalistas  “basados en hechos reales” que no analizan seriamente la realidad, sino que la exhiben obscenamente para una audiencia que ya no se contenta con el drama y el suspense ficticio de las telenovelas. 

Pero hablamos de la guerra y hablamos de Siria y no me pareció, aunque no vi el programa entero, que Lluís Miquel Hurtado o Antonio Pampliega, y el equipo que los acompañaba, estuvieran jugando a hacer periodismo de investigación. Me fascinan los hombres y mujeres como ellos - no olvido a Javier Espinosa, Jon Sistiaga o a las reporteras Mónica García Prieto y Monica Bernabé y tantos otros que no me caben - que van a lugares de donde todo el mundo huye para que sepamos lo que allí pasa. Admiro su optimismo, ellos que piensan que su viaje vale la pena, que sus noticias interesan a un espectador que confunde Siria con Afganistan (o con Irak o con Gaza), que se juegan la vida pensando que sus reportajes puedan ejercer presión internacional y con ello cambiar la situación de los pueblos que se matan con kalashnikovs, con granadas de mano y en chanclas. Yo no sé si sus corresponsalías transforman la situación internacional, incluso ellos admiten que los oriundos del país han perdido las esperanzas de que su trabajo sirva de algo, por eso tratan de sacarles una utilidad más inmediata, los secuestros formarían parte de esta lógica utilitarista que ya no cree en las promesas de la información como un detonante de la acción, que está desengañado y sabe que los periodistas volverán para cubrir los actos terroristas de los que ahora son niños, cuando dentro de unos años, sean adultos enfadados con el mundo que les ignora. Temo pensar que sus informes sólo sirvan para que aquí nos cubramos las espaldas: estemos preparados para los atentados que reivindican el califato y no se repitan los sietes o los onces sangrientos en el calendario. Me preocupa mi seguridad tanto como la de cualquier otro ciudadano que quiere llegar a viejo y recorrer el mundo en autocaravana con su pareja, sin hipoteca, felizmente jubilados, pero no querría saber que vivo sobre las cadáveres innecesarios y previsibles de otros. Siento la necesidad de exigirme que eso no pase, de hacer algo para salvarme la vida de verdad. De momento sólo se me ocurre escribir esto, espero ser más eficaz en breve porque hay prisa: a muchos se les acaba el tiempo.

Artículo publicado en el Diari de Terrassa el 22 de mayo de 2015

viernes, 15 de mayo de 2015

Socializar la ciencia sin que peligren los amigos

Este artículo requiere una advertencia previa: no le va a gustar si es de aquellos que no saben distinguir entre razones y emociones, lo cual parece ser muy común. No hay nada malo en valorar algo por lo que nos hace sentir, que si alegre, que si triste, que si bien o que si mal, pero no hay que confundir esas sensaciones subjetivas con el manejo de argumentos, datos o pruebas. De hacerlo, puede acabar concluyendo que cinco más cinco son quince, porque le gusta más y, para más inri, que las personas que abordan el problema matemático de una forma lógica no son democráticas y no tienen corazón. Me ha pasado. No con las sumas, está claro, pero con circunstancias que permiten -exigen, diría yo- un análisis científico, metodológicamente riguroso: que el cáncer se pueda curar con dietas no es algo que podamos dilucidar en base a otra cosa que los ensayos y las demostraciones contrastadas; los deseos, las creencias -más bien, la fe, visto cómo algunas personas se aferran a sus dogmas incluso después de desvelada la falsedad en la que se apoyan- no son argumentos, al menos no de los que pueden competir con las reflexiones hechas sin ad passiones, ad populum, ad hominem, ad ignorantiam, ad consequentiam, ad lazarum o ad verecundiam. 

Todas estas falacias me las he encontrado últimamente en un debate en las redes sociales que no colapsó el sistema porque todavía no aplica un filtro para los disparates. Cuánto tiempo me hubiera ahorrado de existir un moderador virtual que denegara la publicación de comentarios con un contenido mal construido, que citan referencias que sacan de un blog conspiranoico o sectario y que no han verificado sus datos con fuentes de información fiables. Pero no es su culpa, yo sé que el problema no son ellos, que tienen ganas de aprender pero que viven en una sociedad que no les ha enseñado a pensar críticamente, a ser escépticos y que, igualmente, por razones más o menos justificadas, han perdido la confianza en la ciencia. Es una lástima porque la alternativa es la ignorancia. Aún más lamentable es que se declaren libres para decidir, que piensen que luchan por el empoderamiento de la gente, por su autonomía respecto al sistema, sin saber que para ser realmente soberano de nuestras decisiones no sólo es necesario conocer las alternativas sino tener criterio para saber evaluarlas, únicamente así evitaremos ser manipulados y nos podremos dar cuenta de que algunas “alternativas” no son verídicas porque no nos están ofreciendo ninguna solución real. 

Para poder darse cuenta de ello es necesario socializar la ciencia: que todos sepan que correlación no implica causalidad, que la carga de la prueba recae en quien afirma, que existen el efecto placebo y las remisiones espontáneas, que no es lo mismo un estudio científico observacional que experimental, uno sin doble ciego, sin grupo de control, realizado in vitro, en animales o en humanos, una revisión sistemática que las tan empleadas series de “conozco un caso” (uno de los más bajos niveles en la jerarquía de la medicina basada en evidencias) y especialmente que debemos tener una actitud respetuosa con todas las personas pero inquisitiva hacia todas las ideas: si empezamos a sacralizar algunas, estamos perdidos. 

Luego si quieren, nos abrazamos, leemos un buen libro, nos hacemos un masaje, nos reímos con un chiste de Eugenio y pensamos que, a pesar de todo, la vida es valiosa pero no porque todo sea perfecto y cada uno tenga lo justo y necesario para su desarrollo - díganselo, por favor, a la próxima víctima de, qué sé yo, un atraco - sino porque mientras estemos vivos, hay esperanza.

Artículo publicado en el Diari de Terrassa el 15 de mayo de 2015

viernes, 8 de mayo de 2015

¿Cuánto sabes sobre el mundo?


¿Te atreves a comprobarlo? Sólo serán tres preguntas: ¿Qué porcentaje de niños de un año está vacunado de sarampión en todo el mundo? ¿El 20, el 50 o el 80%? ¿Cómo ha cambiado la proporción de gente viviendo en extrema pobreza (menos de 1 dólar al día) alrededor del mundo en los últimos 25 años? ¿Se ha doblado, se ha mantenido o se ha reducido a la mitad? ¿Qué porcentaje de adultos está alfabetizado (puede leer y escribir) en todo el mundo? ¿El 20, el 40, el 60 o el 80%?

¿Preparado para las respuestas? Quizá le sorprendan. Ahí van: el 80% de los niños del mundo está vacunado de sarampión, la proporción de gente viviendo en extrema pobreza casi se ha reducido a la mitad y el porcentaje de adultos alfabetizado es un 80%. Ya ve, el mundo no está tan mal después de todo, aunque sigamos viéndolo como si estuviéramos a punto de la hecatombe. Al menos es lo que se concluye después de ver los resultados a estas preguntas, que se han formulado en distintos países. Así, sólo el 10% de la población encuestada en Gran Bretaña y el 23% en Suecia respondió correctamente a la pregunta sobre la pobreza. En relación a la vacunación del sarampión, sólo el 8% en Suecia y el 10% en Alemania acertaron. Finalmente, sobre la alfabetización, de nuevo, sólo el 8% de los encuestados en Gran Bretaña, el 20% en Suecia y el 28% en Alemania respondió correctamente.

¿Cómo puede ser? Se preguntan los fundadores del Proyecto Ignorancia de la Fundación Gapminder, Hans y Ola Rosling. Probablemente porque poseemos unas tendencias que nos impiden elaborar un pensamiento estadístico correcto: estamos condicionados a juzgar en base a nuestro entorno y experiencias personales, además, hemos sido educados mediante libros que contenían datos que ya se han quedado obsoletos, y tenemos en cuenta las noticias de los medios de comunicación -que ponen el foco de atención en lo inusual, porque lo normal no es interesante. Con ese legado en la mente, ponemos a trabajar nuestra intuición sin mucho éxito, como deben haber comprobado o bien por sus propios fallos o bien por los alarmantes pocos aciertos de ingleses, suecos y alemanes.

¿Qué podemos hacer? Ola Rosling nos da algunas herramientas, después de descartar que de repente todos nos pongamos a leer cada noche los estudios científicos de primera mano. Ni aunque quisiéramos estar al día podríamos, pues un artículo publicado en la revista Nature en 2014 afirma que la producción científica se dobla cada 9 años, con el añadido de que no siempre la proliferación de artículos científicos representa un verdadero aumento del conocimiento (el publish or perish es el pan de cada día de los investigadores). Pero Ola nos propone algo más sencillo, que nos permite algunos atajos a través de generalizaciones: primero, que ante el pesimismo o el optimismo, nos decantemos hacia esta última opción: el mundo va a mejor. Segundo: que ante posiciones extremas, pensemos que el mundo se homogeneiza, ya no hay dos jorobas en la gráfica mostrándonos el volumen de pobres y ricos, sino una sola, un dromedario donde se reúne la mayoría. Aunque sigamos viviendo en un mundo desigual, la distancia entre unos y otros ya no es tan grande. En tercer lugar, pensemos que antes de ser ricos, los países empiezan a desarrollarse ya socialmente (con vacunación masiva, por ejemplo). Finalmente, no olvidemos que las amenazas verdaderamente peligrosas suelen ser silenciosas y no hay tanta gente que se muera por accidentes de tráfico (9ª causa mundial de defunción en 2012 según la OMS) sino por accidentes cardiovasculares (2ª causa). Cuídense (y pónganse el cinturón).

Artículo publicado en el Diari de Terrassa el 8 de mayo de 2015



jueves, 30 de abril de 2015

De malos y tontos



“Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez”. Cuando comprendí este adagio, comúnmente conocido como principio de Hanlon, mi mundo de repente se hizo más amable, menos siniestro, pero también más trágico. No sé, a mi me parece que es mejor pensar, por ejemplo, que tenemos políticos tontos en vez de políticos  perversos. Quizás sea un consuelo ingenuo porque la corrupción no la explica la ignorancia, no completamente al menos, cabría añadir otros factores significativos para entenderla, como el egoísmo. 

El problema es que aunque los dramas del mundo no sean siempre obra de la crueldad -lo que casi convierte la adquisición de conocimiento en un deber-, los incompetentes no saben que lo son, es más, se creen infalibles, convencidos de que están por encima de la media -al menos un 80% de la población piensa que está entre el 20% más inteligente (principio de Paretto), lo cual es imposible, claro-, mientras que los que más saben suelen subestimar sus destrezas. Estamos ante el Efecto Dunning-Kruger. Ya ven, la catástrofe está asegurada porque como dijo Bertrand Russell “Uno de los dramas de nuestro tiempo está en que aquellos que sienten que tienen la razón son estúpidos, y que la gente con imaginación y que comprende la realidad es la que más duda y más insegura se siente”. 

La ilusión de saber se resuelve aprendiendo, lo que además nos dará una buena dosis de humildad porque una vez se empieza el proceso, nos damos cuenta de que podemos saber mucho... sobre poco, y de que es mayor lo que desconocemos que lo que dominamos. Cuidado con los que hablan con tanta seguridad que se imponen, temerarios, a la sensatez de los sabios, sobre todo cuando los primeros se atribuyen la invención de la rueda, la curación de dolencias quitando el gluten de la dieta sin un diagnóstico previo, que recomiendan jarabes de lejía (MMS), infusiones de estevia para curar el SIDA (y el cáncer y el ébola) o achacan tus abortos a una deuda kármica, una falta de verdadero deseo de ser madre, una incompetencia femenina que te sugiere “que todavía no estás preparada” y que lo que tienes que hacer es llevar piedras-luna en el bolsillo, iniciar un viaje en el tiempo a tus vidas pasadas, visualizar una semilla que crece en el vientre o invocar al bebé con un llamador de ángeles. No es tu culpa cuando te enfermas, te dicen, pero hay algo que has pensado, que has sentido que te está dando una lección, acéptalo. Y así, de repente, diciéndolo muy sutilmente volvemos a la Edad Media cuando nuestros padecimientos eran obra de nuestros pecados. 

Mi admirado Charles Darwin -tanto que su obra El origen de las especies es la base en la se posa la fotografía enmarcada recuerdo de mi boda- decía que “la ignorancia frecuentemente proporciona más confianza que el conocimiento” y, como hemos visto, tenía razón. Sólo nos queda ser atrevidos y preferir la incertidumbre, lo suficiente, no mucho, no tanto que caigamos en un nihilismo impeditivo que nos dificulte constatar que, por ejemplo, Dios no tiene las mismas probabilidades de existir que de no hacerlo.

viernes, 24 de abril de 2015

No todo es Sant Jordi

Escribo esto siendo Sant Jordi, la navidad de los bibliófilos. El día en que la ciudad se convierte en librería y soy como una niña que no da a basto con la emoción que me provocan los libros, las rosas y el amor que me prodiga mi marido. No se puede ser más feliz, y no se crean que no lamento este párrafo, porque sé que hay mucho antisocial que detesta la exhibición de la alegría, pero la verdad no siempre es cruel, también es asquerosamente cursi. Aunque no se preocupen, no voy a seguir en esta línea entrañable el resto del artículo. Me gustaría porque podría entonces contar con más detalles la anécdota que hace unas cuantas diadas de Sant Jordi me ocurrió en la Plaça Vella, cuando mi querido amigo Jaume Canyameres me regaló un libro de Anna Murià. El mismo que había estado en la biblioteca de mi barrio - desde hace un tiempo clausurada - y que con entonces 14 años cogí prestado para que la autora me lo dedicara, ella que estaba junto a la cama de mi abuela enferma de cáncer en Sant Llàtzer. Lo más curioso del caso es que Jaume, promotor de la vuelta del exilio de la pareja Murià-Bartra no había visto que el libro estaba dedicado a una tal Sandra, sólo yo supe que ese libro de título misterioso Res no és veritat, Alicia, era mío desde 1998. 

Pero como he dicho, también hay que ponerse serios y asumir que hay 700 personas de las que ya nadie habla, y aunque este espacio en un diario local sea leído sólo por mis más fieles seguidores, de algún modo siento que tengo una responsabilidad social que cumplir, incluso aunque ni yo misma haya mencionado la desgracia en mis conversaciones diarias tantas veces como he aludido al caso de Germanwings o al del profesor asesinado, por citar sólo las desgracias más recientes. Cómo es posible que en Google las noticias del naufragio se remitan a hace cuatro días - cuando efectivamente ocurrió el accidente -, cómo es posible que no haya ocupado más espacio en los medios de comunicación y nadie se pregunte qué ha pasado, ni quienes eran, ni se hagan mapas detallados sobre la situación del barco hundido, ni se inviten a tertulianos a programas especiales para comentar el tema. Cuánto necesitamos al Galeano que se ha ido hará hoy apenas once días para recordarnos a los nadies: “los hijos de nadie, los dueños de nada (...) los ningunos, los ninguneados (...) que no son, aunque sean (...) los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.

Tampoco quiero hacer de éste un artículo panfletario en contra de los suertudos que vivimos aquí, sin tener la culpa de que otros hayan nacido en países donde los sueños sólo se cumplen emigrando, de verdad que no pretendo hacerle sentir mal porque hoy usted no piense en el Mar Mediterráneo como un cementerio, sino como la playa de sus veranos, pero permítase la reflexión al menos. Que sólo cierre los ojos, en esta línea, minuto de silencio.

Artículo publicado en el Diari de Terrassa el 24 de abril de 2015

viernes, 17 de abril de 2015

No siempre hablo mucho

A veces querría decir lo que pienso, hacerlo encontrando las palabras justas para no ofender más de lo que ya lo hace la revelación de la falsedad que algunos viven. Ayer leí que las verdades duelen, pero que las mentiras matan. Yo de momento me callo y me traiciono un poco. Me convenzo de que el silencio es necesario para la supervivencia de un animal social que no puede ir por el mundo haciéndose enemigos. Ya se sabe que defender públicamente lo que se piensa sólo es rentable cuando se está del lado de la mayoría.

Cada día en mi muro de Facebook leo abominaciones sobre salud, alimentación, entidades divinas o extraterrestres y otras fantasías que son comentadas favorablemente y aunque siempre me tienta aguar la fiesta de la borrachera de la positividad sonriente que todo lo puede, y que cuando fracasa sólo es para ver en las desgracias la semilla de “lo mejor que le ha pasado”, nunca me atrevo a salir en defensa de la razón y de la lógica, aunque las vapuleen delante de mi y las usen como disfraz para argumentos que no superarían ningún experimento. 

Me persuado de que no es una buena idea entrar en conversaciones ajenas para alertarlos de que sus creencias están al nivel de las de un niño que sostiene que si pisa las líneas que separan los adoquines de la calle algo malo le ocurrirá o, al contrario, que si recita correctamente la oración del “ángel de la guarda, dulce compañía” antes de irse a dormir, el profesor no le pedirá que salga a la pizarra a solucionar los deberes que se le resisten. Me aguanto y paso a otra cosa, deseando no encontrarme a los susodichos en persona, porque ahí se vería que soy incapaz de disimular: mi cara empezaría a poner esos gestos que mi marido imita: cejas más allá de la frente, ojos como platos - y eso es difícil teniéndolos yo pequeños y rasgados - y boca abierta de “qué me estás contando” a punto de replicar con un tono serio y tajante que no controlo, aunque intente suavizarlo alegando que no es nada personal, que yo respeto a todo el mundo, que me apena que sienta que los estoy traicionando ahora que me hallo como una infiltrada involuntaria en un mundo que por inercia sigue estando presente entre los amigos con los que un día tuve afinidad. A pesar del mal rato, no lamento haberlos conocido ni que sigan estando entre mis contactos. Son buena gente y siguen existiendo puntos de anclaje entre ambos, como siguen existiendo entre exparejas.

El peligro de cambiar de opinión es que tu entorno se vaya ajustando hasta resultar irreconocible, como si el escenario y los personajes fueran cambiando lenta pero inevitablemente hasta que todo es nuevo, incluso uno mismo. Suerte que mi pelo indomable me devuelve siempre una imagen del espejo que identifico. 

Artículo publicado en el Diari de Terrassa el 17 de abril de 2015

viernes, 10 de abril de 2015

Cansarse durante las vacaciones

Cantar ópera con un hawaiano que ha conocido a Richard Dawkins. Esto es algo que te puede pasar en el Camino de Santiago. No existen mejores vacaciones cuando se quiere desconectar de la rutina, ni en las Bahamas uno está a salvo de lo mismo de siempre: comodidad, wifi, tiendas, hoteles con reserva previa, itinerarios pautados... Suena bien y se agradece de vez en cuando, pero al volver de esos viajes uno tiene la impresión de que no hacía falta irse tan lejos, y si no fuera por las imágenes que uno lleva en su cámara de fotos, el periplo no tendría nada de exótico. Hay excepciones, como las de los mochileros, expedicionarios, aventureros reales que no llevan su casa encima, caminantes que se ven en la difícil decisión de escoger un solo libro para todas sus vacaciones. 

Reconozco que en los días previos al Camino surgen dudas razonables, porque a quién le apetece pasar sus días de fiesta levantándose antes de lo que lo hace en sus días laborables, yéndose a dormir a las diez y media, ser acosada por los ronquidos de hombres que por las noches son monstruos, a los que mataría sin cargos de conciencia metiéndoles el zapato más pestilente de la habitación en la boca - mi marido y yo pensamos que, en todo caso, no sería difícil un asesinato a lo Orient Express - y, finalmente, andando hasta seis horas diarias deseando llegar al albergue sin una ampolla en el pie, ni una tendinitis en la rodilla, maldiciendo los últimos metros del pueblo que hace rato que se ve pero que nunca llega. Éstas son las peores etapas, cuando la visión del final engaña porque los ojos ven sin esfuerzo lo que está todavía muy lejano para un cuerpo que está cansado. Asombrosamente, al llegar, el peregrino recupera las fuerzas quitándose las zapatillas y poniéndose las chanclas, así sale a pasear por el pueblo o ciudad como un turista más - sobretodo como uno que renquea -, a la caza de un bar o de una farmacia. Con nuestro aspecto es fácil identificarnos, entre los que no son peregrinos inspiramos un sentimiento de admiración cuando nos ven andar derechos, serenos, sonrientes y decididos, y de afecto, compasión y ternura cuando llegamos destrozados al refugio y los hosteleros nos tratan con el cariño de una madre o de un abuela. 

Vivir en el Camino es como estar dentro de una cápsula del tiempo que alarga y intensifica lo ocurrido. Dos días después de empezar el recorrido ya nadie sabe qué día es, si lunes o domingo, si 15 o 23, si marzo o abril, aunque con mucha más facilidad pueda recordar los nombres de los pueblos en los que ha estado y que unas semanas antes no habría sabido ni tan siquiera pronunciar, mucho menos localizar en un mapa. Se diría también que las amistades que allí se forjan lo hacen con un vínculo más profundo que el que une a los parroquianos del bar de la esquina, no sé si porque nos hermane una locura común: la de ir a sufrir voluntariamente durante las vacaciones y como un masoquista, disfrutar de ello. 

Artículo publicado en el Diari de Terrassa el 10 de abril de 2015

viernes, 27 de marzo de 2015

¿Y los ateos tienen alma?

A veces me pregunto cómo he podido estar tanto tiempo sin saber algo que ahora me parece indispensable. Estudio, leo, charlo con gente interesante y todavía un día me sorprendo con alguna cuestión que a mí me parece extraordinariamente trascendente, aunque ciertamente no a todo el mundo le transmita la misma emoción: no hay nada más decepcionante que explicar lo que a uno le parece la bomba y recibir una expresión indiferente de su interlocutor, que o bien ya conocía aquello que para ti es nuevo y no le encuentra la gracia o bien lo ignoraba y tampoco parece apreciar la utilidad que tiene saberlo. Es posible que después de tan frustrado contacto se tercie un comentario que aún me hace sentir peor, porque me hace quedar como una cría que se apasiona excesivamente con alguna nadería, como una tiza - ¿quién no aprovechó los minutos previos a la entrada del maestro para escribir y dibujar en la pizarra? - Pero volviendo al caso, les confieso que me asombra no haberme topado antes con “La controversia de Valladolid”. 

Temo su reacción, no crean, que hasta puede que piensen que no es digno de una columnista no haber sabido antes que entre 1550 y 1551 se dio lugar un debate en la citada ciudad para dirimir si los indígenas americanos eran o no seres humanos con alma, y qué trato debían recibir. En una facción, Ginés de Sepúlveda, sacerdote y erudito de la época, cronista real y confesor del Rey que afirma que los indios del recién descubierto Nuevo Mundo no tienen alma, que son salvajes que han nacido para ser esclavos. Frente a él, Bartolomé de las Casas, un sacerdote dominico apasionado defensor de la dignidad de los nativos. El descubrimiento de América fue, como escribió Lévi-Strauss, el descubrimiento repentino del otro, de la existencia de seres que no se habían previsto y que “verificaban y desmentían al unísono el divino mensaje (...) puesto que la pureza de corazón, la conformidad de la naturaleza, la generosidad tropical y el desprecio por las complicaciones modernas, si en su conjunto hacían recordar irremisiblemente al paraíso terrenal, también producían el aterrorizador efecto contrario al dar constancia de que la caída original no suponía obligatoriamente que el hombre debiera quedar ineluctablemente desterrado de aquel lugar.” Todo ello da también paso al debate sobre “la guerra justa”, la violencia legítima y necesaria, según Sepúlveda, que debe ejercer el conquistador europeo quien no sólo es inocente sino el encomiable que materializa el orden divino (aristotélico) según el cual lo imperfecto debe estar sometido por lo perfecto. Si la muerte se llevaba a los salvajes en la “guerra justa”, qué importaba cuando la salvación de sus almas estaba asegurada muriendo a manos de sus evangelizadores cristianos. Éstas eran las disquisiciones de la época y el primer momento en la historia que se plantea una pregunta que sirve de punto de partida para el revolucionario reconocimiento de los derechos humanos. Ah, ¿Qué quién gano el debate? Se diría que nadie, pues las cosas, lamentablemente, siguieron más o menos igual. 

Artículo publicado en el Diari de Terrassa el 27 de marzo de 2015

viernes, 20 de marzo de 2015

A punto de ser una estrella enana

La semana pasada el mundo virtual se hizo más vivo que el de carne y hueso y casi me rapta y me convierte en un emoticono que vive entre Twitter y Facebook. Tantos mensajes me llegaron por esos canales que tuve que darle la razón a mi marido, él que siempre me dice que soy una ingenua. Desde luego yo no pensaba que el anterior artículo publicado en este diario se haría viral por un motivo que todavía me sorprende, pues resulta que es un notición que alguien como yo, que no soy política ni famosa, diga públicamente que ha cambiado de opinión. Es de ser valiente, me dicen, y mientras algunos me encumbraron tan alto que tuve vértigo - sigo sin saber corresponder un cumplido sin parecer altiva o, al contrario, falsamente modesta -, otros especularon con la historia e hicieron bromas con las que yo también me reí, como que había dejado el mundo alternativo porque “había pillado a mi ex practicando sexo tántrico”, que por supuesto “las explicaciones de que todos somos uno no me valieron” y que, obviamente, “se me cayó el alma al suelo”. Admito que no fue fácil lidiar con la popularidad, primero porque no era buscada, yo que si un día quiero verme en los programas de televisión es presentando una novela o haciendo divulgación científica, no precisamente explicando que un día fui la inconsciente que si no llegó a creer en los fantasmas o en la inteligencia del péndulo para escoger flores fue porque nunca se me dio bien ver en la oscuridad, ni dejar la mano tan quieta que el cristal de cuarzo no pareciera más dubitativo que el arquetipo de Scleranthus según Edward Bach. 

Pero, en realidad, esto no se trata de mi ni este artículo pretende ser una segunda parte autobiográfica del anterior, porque me temo que la curiosidad morbosa que pueda tener mi experiencia está acaparando una cuestión mucho más importante, la de que las creencias pueden conducir la vida de una persona a priori inofensivamente, rezando un poco y en voz baja antes de un examen o una entrevista de trabajo, hasta estrellarla porque pisa a fondo el acelerador de la fe, según el cual no hacen falta evidencias para apoyar una postura, ya sea la de la existencia de dios, la de la utilidad del tapping o la de la homeopatía. Mientras uno no extirpe de su mente el pensamiento mágico ¿quién le asegura que se mantenga en los límites de lo trascendente - quietecito y calladito, sólo susurrando cuando el miedo a la muerte acecha - y que no coloniza nuestras decisiones cotidianas y opciones sanitarias? Hay que pensar bien y, aceptémoslo, no todas las posturas son válidas, aunque haya quien pretenda seguir en su trinchera alegando que, al fin y al cabo, la aprehensión correcta de la realidad es inalcanzable y que la disciplina epistemológica tiene sus claroscuros. Desde luego yo no pretendo estar en posesión de la verdad, pero mucho menos toleraré que pretenda estarlo quien elude cualquier revisión crítica de sus ideas.

Artículo publicado en el Diari de Terrassa el 20 de marzo de 2015

viernes, 13 de marzo de 2015

Confieso que he cambiado

Este artículo se escribirá, probablemente, en unos 40 minutos. Usted lo leerá en cinco. Y yo me habré pasado una semana - desde el viernes pasado después de publicado el anterior - sopesando temas que nos interesen a ambos y de los que yo pueda escribir. No es fácil, tengo 30 años y pocas opiniones bien formadas sobre el mundo, de hecho, la mayoría de las que tenía y creía sólidas me las arranqué entre agosto y septiembre, cuando me hice atea, escéptica, antropóloga, darwinista, saqué de mi despacho los títulos que había y que me otorgaban supuestas competencias dentro del mundo de la medicina alternativa, puse a la venta mis Flores de Bach (nadie las ha comprado todavía), recorté mi currículum y salvé sólo aquello de lo que me sentía orgullosa. Estoy esperando que se acaben las tarjetas de visita que me definen como naturópata, escondo escritos antiguos en los que hablaba del alma, del gurú Yogananda y de un mundo espiritual que me ha tenido abducida, secuestrada. 

No crean que no me cuesta escribir esto - incluso aunque me sirva de tema para este artículo que se resistía - porque salir de lo que yo hoy pienso que es una verdadera secta es también exponerte, avergonzada, a responder preguntas incómodas, a constatar que no eres tan inteligente como pensabas e incluso a desatender relaciones que estaban forjadas en las creencias que hoy repruebo públicamente, todavía con la expresión funesta de quien confesa un delito. No sé que cara ponerle a los amigos que cuando me encuentran le siguen hablando a una Sandra que no existe, que se hizo querer escribiendo poemas metafísicos y parecía saberlo todo porque leía muchos libros que la convirtieron en una erudita de los disparates. Sirva este testimonio, medio humillación pública voluntaria, medio salida del armario, para alertar a los que siguen a charlatanes que, por suerte o por desgracia, no son malos ni avariciosos, sólo se creen lo que les han contado y se sienten poderosos, poseedores de una verdad salvífica, portadores de la voz de un dios moderno que se ha afeitado y que hasta pueda ser una mujer - porque el antiguo dogma ya perdió credibilidad y también tiene que haber paridad en el Olimpo. Cuidado con los expertos de la pseudociencia que además, y lamentablemente, copan espacios televisivos con mucha audiencia donde pronostican cánceres según si la menstruación te resulte dolorosa y los tratan con dietas milagro que suenan serias porque usan una jerga académica. Pero no es tan difícil desenmascararlos, sólo haría falta recuperar los apuntes de la asignatura de naturales de Educación Primaria, la antigua EGB. Insisto, no se dejen engañar, ni aunque su situación sea desesperada, porque el consuelo que les pueda ofrecer pensar que existe vida más allá, que podemos revertir nuestra enfermedad con pensamientos positivos o que hay ángeles que nos cuidan y sólo nos pasa lo que merecemos o necesitamos para seguir aprendiendo no convierte todas estas afirmaciones en verdad. Nos gustaría creerlo, reconforta pensarlo, pero no hay nada que lo demuestre y hay que ser consecuente porque les aseguro que si es duro aceptarlo, más dura es la caída de quien se cae de castillos que construyó en el aire.

Artículo publicado en el Diari de Terrassa el 13 de marzo de 2015

viernes, 6 de marzo de 2015

Días femeninos


Yo querría escribir que lloro cada mes porque no me quedo embarazada, a veces de forma ruidosa como una niña pequeña que se queja, otras silenciosamente, como una vieja ya resignada, y que pienso que lo mejor sería que mi marido se buscara otra mujer que le pudiera hacer padre. Yo querría escribir que me doy pena una de cada tres semanas, si la menstruación no se atrasa y me esperanzo en vano, porque me convierto en una mujer que envidia a sus amigas que son madres y se compara, y no se ve menos digna de tener un hijo. Yo querría escribir que se me agotan los nombres, que los abortos previos ya se han llevado algunos por delante, y sería de mal gusto repetirlos para el bebé que finalmente nazca sano. Adiós Ángela, adiós Minerva. Siempre te imagino niña aunque te hayas ido con pocas semanas de vida intrauterina y quizás hubiera sido más apropiado ponerte nombre de pez o de rana. Yo querría escribir que me desespero porque no soy madre y a mis 30 años me veo premenopáusica, y si tengo un hijo quién sabe si llegaré a ver a mis nietos y ser una abuela como lo fue la mía, que me enseñó a cocinar bizcocho de yogur de limón, permitía que me comiera el relleno del canalón mientras hervía la pasta, me dejaba darle palmaditas en la piel flácida de su brazo y hasta estirarle las verrugillas que tenía alrededor del cuello, junto a la cadena de oro de la que colgaba una medallita que decía: “Te quiero más que hoy, pero menos que mañana”. Yo querría escribir que durante unos días al mes no valgo nada y hago un esfuerzo por salir a la calle y explicar mis penas con una sonrisa, porque yo no sé mentir, excepto cuando me regalan algo horroroso y pongo cara de “me encanta”, y no sabría decir que estoy bien cuando estoy mal, aunque tu te vayas trastornada después de que yo te haya contado mis intimidades. Por eso yo querría escribir todo esto y dejar que mi dolor se convierta en un trozo de papel garabateado, y querría compartirlo contigo porque soy vanidosa y me gusta que la gente lea lo que se me ocurre y me sienta bien darle forma de palabras, sólo si me prometes que no vas a intentar consolarme. 

No estudies, reza

Raif Badawi no es Charlie Hebdo. O sí, depende de si las portadas de los diarios y los lectores tienen interés en conocer otras víctimas de los creyentes, aunque éstas no sean europeas o americanas y aunque no tengan la tez blanca (o morena de esquiar y de tomar el sol en la playa) y sobretodo aunque Raif Badawi no haya sido asesinado por un grupo fundamentalista, sino condenado por apostasía a diez años de cárcel y a mil latigazos por un gobierno, el de Arabia Saudí. Podría ser peor incluso, pues Badawi se enfrenta ahora a la posibilidad de la pena de muerte y es que las autoridades musulmanas de la infame teocracia consideran que un adulto en su sano juicio no puede desafiar su credo. Ya me disculparán, pero a mi me parece precisamente lo contrario: que un adulto en su sano juicio no debería aceptar actos de fe. 

Aquí en España la transgresión al dogma religioso tendrá repercusiones menos graves para la vida pero igual de bochornosas para la salud de nuestra educación. No en vano, las resoluciones 1849 y 1850 publicadas en el BOE del 24 de febrero de este año y mediante las cuales se explicita el currículo de religión católica de Educación Primaria y Secundaria y Bachillerato, respectivamente, afirman que el alumno que decida estudiar religión deberá “reconocer la incapacidad de la persona para alcanzar por sí mismo la felicidad” ¡Ay del niño que sea feliz sin necesidad de rezarle a dios por la noche! Además, sabremos que el alumno progresa adecuadamente cuando “reconoce con asombro y se esfuerza por comprender el origen divino del cosmos y distingue que no proviene del caos y del azar” y “valora y agradece que Dios le ha creado para ser feliz”. Así, a los preuniversitarios que aprueben religión se les facilita una salida laboral inigualable en tiempos de crisis: el sacerdocio o el convento, pues con tales criterios de evaluación es difícil que no suspendan todas las materias científico-técnicas. Eso, o el alumno se vuelve un experto esquizofrénico que al tiempo que defiende en los exámenes de una asignatura el diseño inteligente, en otros desarrolla la teoría de la evolución.

Cuando la religión empieza a salir de las iglesias y los planes de estudios de nuestros colegios contemplan asignaturas opcionales que en vez de enseñar a pensar hacen todo lo contrario, adoctrinan y convierten en disciplina académica cuentos de hadas, quién garantiza que casos como el de Raif Badawi no se den aquí en el futuro. Yo, en nombre de la libertad religiosa y de la aconfesionalidad del estado - que no de su laicismo - voy a reclamar, como los musulmanes que ya tienen una - la 12886 publicada en el BOE del 11 de diciembre de 2014 -, una disposición para la enseñanza del Pastafarismo, una religión paródica que surgió el año 2005 en EEUU para denunciar la difusión del creacionismo en las escuelas. De tener que quedarme con alguna, no lo dudo, pues la creencia central dicta que el Monstruo del Espagueti Volador creó el universo después de emborracharse, lo que al menos explicaría las imperfecciones de un mundo que se supone obra de dios. 

Artículo publicado en el Diari de Terrassa el 6 de marzo de 2015

viernes, 27 de febrero de 2015

Soy adivina de las buenas

“Tienes la necesidad de que otras personas te quieran y admiren, y sin embargo eres crítico contigo mismo. Aunque tienes algunas debilidades en tu personalidad, generalmente eres capaz de compensarlas. Tienes una considerable capacidad sin usar que no has aprovechado. Disciplinado y controlado hacia afuera, tiendes a ser preocupado e inseguro por dentro. A veces tienes serias dudas sobre si has obrado bien o tomado las decisiones correctas. Prefieres una cierta cantidad de cambios y variedad y te sientes defraudado cuando te ves rodeado de restricciones y limitaciones. También estás orgulloso de ser un pensador independiente y de no aceptar las afirmaciones de los otros sin pruebas suficientes. Pero encuentras poco sabio el ser muy franco en revelarte a los otros. A veces eres extrovertido, afable, y sociable, mientras que otras veces eres introvertido, precavido y reservado. Algunas de tus aspiraciones tienden a ser bastante irreales.”

¿Te describe lo dicho anteriormente? Lo más probable es que estés asintiendo entusiasmado y te preguntes como he podido saber todo eso de ti sin conocerte. La verdad es que no me hace falta y no porque tenga poderes sino porque me aprovecho de tus prejuicios cognitivos. En 1948, el psicólogo Bertram R. Forer dio a sus estudiantes un test de personalidad ficticio, puesto que a todos les ofreció una misma descripción indistintamente de los resultados - la que encabeza este artículo - y les pidió que valoraran del 0 al 5 la exactitud de lo expuesto. El promedio de la valoración fue 4.26 (85% de precisión), una cifra que sigue siendo válida hoy en día porque el experimento se ha replicado numerosas veces desde entonces entre estudiantes universitarios con los mismos resultados. Así, el efecto Forer - o el efecto de validación subjetiva - explica porqué hay tanta gente que sale de la consulta del astrólogo, quiromántico, grafólogo u otro terapeuta pseudocientífico que supuestamente lea su carácter, satisfecho y sintiendo que lo han retratado profundamente, ¡si ni usted mismo hubiera sido capaz de expresarlo con tanto detalle! 

El efecto Forer - también llamado efecto Barnum en honor al cirquero P. T. Barnum como maestro de la manipulación psicológica - funciona porque somos crédulos y vanidosos y porque tendemos a aceptar declaraciones cuestionables y hasta falsas de nosotros mismos si son halagadoras. Si además de la enumeración de atributos positivos, el sujeto cree que el análisis se aplica sólo a él (por ejemplo si hubiera puesto su nombre al inicio) y cree en la autoridad del evaluador (porque sale en la televisión, por ejemplo) entonces la eficacia del efecto se acentúa y los charlatanes podrán luego seguir cobrándole nuevas visitas o llamadas telefónicas. Tampoco se le habrá pasado por alto que las afirmaciones de la descripción mágica son lo suficientemente vagas para que cualquiera pudiera verse identificado, lo que quizás esté doliéndole en el alma, ahora que se da cuenta de que no es tan original y único como usted pensaba. La próxima vez que piense leer el horóscopo, deténgase y mejor coja un libro sobre escepticismo de la biblioteca. 

Artículo publicado en el Diari de Terrassa el 27 de febrero de 2015

viernes, 20 de febrero de 2015

Biberones de Coca Cola

Es probable que tus hijos tengan una esperanza de vida menor que la tuya, hasta de diez años menos, aunque con un poco de suerte, no los verás morir. Es duro pero quizás estés a tiempo de remediarlo y de una forma más simple de lo que parece, pues no se trata de que tu niño vaya acompañado de un guardaespaldas por si acaso lo matan, porque los asesinos de los que hablo son minúsculos y silenciosos, aunque todo depende del tamaño del michelín. Y es que, según los estándares de la OMS, más del 40% de los niños españoles tiene sobrepeso u obesidad y, ahora viene lo peor, la mayoría de las primeras causas de muerte en el mundo industrializado están directamente relacionadas con ello: enfermedades cardiovasculares, algunos cánceres y diabetes. Asusta, ¿verdad? Debería, porque además España va a la cabeza de Europa. Si no estamos poniendo Coca Cola u otros refrescos en los biberones de niños menores de un año es porque Brasil nos queda lejos, al menos geográficamente, allí el 56% de los bebés consumen sodas regularmente. A punto de llorar estuve cuando lo vi ayer en el documental “Más allá del peso”, que les recomiendo vean esta noche mismo, porque mañana estarán comprando fruta en vez de donuts o cruasanes, aunque estos ya se vendan tan baratos y nos acosen por todas las panaderías del centro - que mantienen su particular guerra de precios -, que caigamos nosotros también heridos por las balas de grasa y azúcar. 

Pero no es justo responsabilizar a los padres de los quilos de sus niños, ¡tan hermosos! dice la cultura, ¡tan ricos! dice la sociedad, porque no es lo mismo ir con productos procesados al colegio, con sus envoltorios de colores y personajes famosos impresos en ellos, que ir con una fruta o un bocadillo envuelto en un feo papel de plata. Cuando a la salida del supermercado, un popular divulgador alimentario explicó a los padres que los Actimels y otras bebidas lácteas similares no ayudan al normal funcionamiento del sistema inmunitario por el conocido L-casei sino por la vitamina B6, y que ésta se encuentra 3 veces más en un sólo plátano, los padres respondieron que, aún así, no iban a ser sus hijos los que parecieran pobres. Mientras la regulación no sea más coherente con la epidemiología y existan locales de comida - me niego a llamarlos restaurantes - que parezcan parques de atracciones, y a los niños les protejamos de ellos mismos prohibiéndoles el acceso al tabaco y al alcohol, pero no a lo que verdaderamente les está matando - también psicológicamente mediante poca disciplina, baja resistencia a la frustración y una nefasta autoimagen -, entonces ciertamente los padres no podrán ganar la batalla y sus hijos seguirán al cuidado de niñeras graduadas en las mejores universidades de márqueting. 

Dice Sabina que “para que sus allegados, condenados a un ingrato futuro, no sufran lo que ha sufrido, ha decidido no dejarles ni un duro”, puede seguir el ejemplo si quiere, pero déjeles un buen testamento en conocimientos y hábitos: que no se mueran si no es necesario. 

Artículo publicado en el Diari de Terrassa el 20 de febrero de 2015