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lunes, 2 de septiembre de 2013

Diario mágico de un embarazo aplazado I

Tenía la intención de ponerse a escribir en serio cuando se quedara embarazada. Se imaginaba que los meses de buena esperanza serían también fértiles para la creación literaria y hasta pensaba que las nauseas le permitirían quedarse en casa sin sentirse juzgada por dejar de trabajar y dedicarse en exclusiva a su libro. Todos pensarían que se estaba sacrificando por su bebé, y aunque también fuera así, ella sabía que su buena disposición para renunciar a todo no residía exclusivamente en su instinto maternal, sino en que se le brindaba la oportunidad de ser la escritora a tiempo completo, liberada de obligaciones profesionales y hasta domésticas, pues desde que le comunicó a su marido que estaba en estado, el único esfuerzo que le permitía hacer era ir sola al baño.

Lo que no se había imaginado era que el embarazo es otras de esas situaciones mitificadas que no tiene nada que ver con lo que le habían contado ni tampoco con lo que ella había soñado de pequeña. Ni adquirió poderes mágicos, ni sus pechos se hincharon más que para llenar los huecos que siempre le quedaban en el sujetador. Tampoco poseía más energía que antes y por cierto hasta le dejó de parecer importante mantener la cocina recogida, por lo que las latas de olivas y las bolsas de patatas vacías se amontonaban en la encimera. También había vasos por todas las plataformas horizontales de la casa, desde la mesita de noche a la repisa de la calefacción, pasando por el reposabrazos del sofá y la librería del comedor. Su marido los recogía y lavaba pacientemente sin regañarla, a pesar de que cuando él llegaba no tenía más remedio que beber agua de un plato hondo, pues hasta las tazas del desayuno estaban esparcidas y sucias.

El embarazo resultó ser peor que una enfermedad, no tanto porque se sintiera terriblemente mal, como porque se sentía culpable de no estar sana como las demás mujeres barrigonas que pasean su nuevo centro de gravedad con holgura y cargan sus otros niños en la cadera. Por si fuera poco, abandonó el sano hábito de la lectura, así que su día corría paralelo a un proceso de hibernación tan avanzado que empezó a confundir la realidad con los sueños, de tantas horas que se pasaba durmiendo. Sólo cuando ya comenzaba a asumir que durante unos cuantos meses vería el cielo a través de una ventana, empezó a encontrarse mejor. Cierto que ya estaba rozando los últimos días de su primer trimestre y que los síntomas debían ir menguando, pero la verdadera razón de su mejoría se reveló por razones totalmente opuestas cuando la ecografía fotografió a un embrión de dos centímetros al que se le había parado el corazón hacía semanas.

De vuelta del hospital, escondió todo lo que le recordaba al hijo que todavía no había tenido pero que ya había dejado huella en su casa. Fue entonces cuando supo que había estado llorando sobretodo por las ilusiones que se había hecho: por tener que posponer decorar la habitación de un bebé, ahorrar para comprar pañales y repasar los cuentos infantiles que ya no recordaba con el mismo detalle que cuando con seis años se los contaba a sus muñecos. Fue también entonces cuando le dijo a su marido que quería llenar la terraza de geranios.

Dejar de estar embarazada sin haber dado a luz a ningún niño no había estado en sus planes, así que una semana después del aborto seguía con las mismas costumbres de antes. Trataba de levantarse para desayunar con su marido, pero en cuanto éste se iba, ella volvía a ponerse el pijama y se fundía con las sábanas. El cambio le llegó bruscamente, un día por la tarde cuando tras dos horas de siesta tuvo un sueño en el que trataba de despertarse y no lo conseguía. Después de mucho esfuerzo pudo abrir los ojos, salió corriendo de la habitación y se sentó en el sofá, delante del nuevo televisor. El reflejo de la pantalla oscura le devolvió una mujer con el pelo rizado.

martes, 7 de julio de 2009

El valor de tu amor


El valor de tu amor reside en la libertad
de que tú quieras quererme.
Sólo ese amor va a tener sentido entre nosotros,
que no creemos en el amor por hábito,
por contagio, por imitación.
Puedo obligarte a que me digas
que me quieres,
pero no a que sientas lo que dices,
puedo obligarte a hacer el amor conmigo
con la sutilidad de la seductora
que se hace pasar por la seducida,
puedo obligarte, incluso,
a sentir dolor porque yo te quiero,
pero eso no serviría para que tú,
espontáneamente,
empezaras a quererme.
Si me empeño puedo engañarte
durante toda la vida,
decirte que el amor es esto,
que funciona a ratos,
como un ordenador,
que no somos nosotros,
que es el tiempo,
que llueve cuando debería hacer sol,
pero de qué serviría cuando yo sabría
que tu amor es de pladur,
de material de obra barato.
El valor de tu amor reside
en que tú estés dispuesto a quererme
sin que yo tenga que convencerte,
sin que yo tenga que atarte a mi cama,
ni rezarle a Dios por la noche,
ni pedirle a mi angel cada mañana.

lunes, 23 de marzo de 2009

A veces me gustaría

A veces me gustaría
haber nacido de un huevo
o surgido sin previo aviso
de la tierra seca de una maceta.
A veces me gustaría no llevar
toda esa herencia paternal
que cuelga de unos ganchos
cruelmente sujetos a la piel
de mi espalda.
A veces desearía no ser susceptible
a esa credibilidad y a ese respeto
que envuelve todo lo que dice un padre,
no tener remordimientos
porque yo no comparta sus opiniones,
porque yo no quiera seguir la vida que él me escoge,
ni sentir que yo defraudo porque
no pienso que los policías, el otro día,
en realidad se quedaron cortos.
A veces me gustaría desinfectarme
de todas esas bacterias en forma de
educación y de doctrina
que inoculadas año tras año,
en el contacto diario,
han vuelto rancia mi sangre.
Me he creído el engaño,
pensé sinceramente que esas vacunas de ideas,
de teorías y de sentencias,
Inyectadas con fervor paternal,
con profesionalidad médica,
eran a favor de mi salud,
pero no.
Eran puro veneno.
ahora me doy cuenta de que a veces,
qué doloroso,
qué triste y qué vergüenza,
me gustaría ser huérfana…

viernes, 13 de marzo de 2009

La necesidad vital

El amante despechado no llora por los besos
que ya nunca más le van a dar.
La mujer abandonada no se pudre de dolor
por los abrazos que ya no le esperan
después del trabajo,
por las palabras que ya no la consuelan
en sus días más funestos,
por las miradas que ya no la ven
como una diosa hermosa,
como un ángel con sexo,
o como musa
y obra de arte al mismo tiempo.
El amante desamparado
no se estremece de pena
porque ya nadie le acaricie el pelo,
ni le arrulle en sus noches sin orgasmo,
ni le ponga nombres infantiles, absurdos
y hasta irrisorios.
No,
ni el hombre ni la mujer
a los que descartaron,
de los que prescindieron,
sufren y adolecen por el amor que ya no les ofrecen…
No,
el hombre y la mujer,
a los que rechazaron,
de los que se apartaron,
sufren y adolecen por el amor
que embozado y atascado,
guardado a presión en su corazón,
a punto de estallar por la tensión,
echa de menos a alguien
a quien colmar de besos,
estrujar con abrazos,
erizar la piel con caricias,
y emocionar con poemas.
El deseo de que te amen
no es nada comparado
con la vital necesidad
de amar.

martes, 17 de febrero de 2009

Yo no sabía...

Yo no sabía que uno podía
morirse dos veces.
Ahora que de nuevo muerta,
estoy arrancándome
estos clavos oxidados de las manos,
esta corona de espinas
que ha dejado mi cráneo agujereado,
esta lanza envenenada con vinagre
y que me escuece el corazón.
Ahora que de nuevo moribunda
me dispongo a resucitar
y a convertir la madera de mi cruz
en un columpio con el que jugar,
no puedo echarme atrás
y ponerme a dormir en la tumba.
Cuesta resucitar,
es difícil insuflarse vida 
cuando me he muerto tanto 
que he visto gusanos anidando en mi mano.
Yo no sabía que uno podia
morirse dos veces,
pero qué mas da,
tampoco sabía
que siempre se puede resucitar.

viernes, 23 de enero de 2009

Diario de alguien que podría ser yo III

Cuando se está enamorado las palabras fluyen solas, y hasta los analfabetos son capaces de escribir poemas que luego no van a saber leer. Cuando se está deprimido, en cambio, las palabras se enquistan en lugares tan desagradables como la rodilla, la barbilla o el más doloroso, la garganta, y entonces mi blog de poesía desfallece, y lo único que me consuela es saber que releer lo escrito es, en cierto modo, reescribirlo.

De todos modos, no hay porque alarmarse, y es que cuando se empieza a borrar más de lo que se escribe, el neófito se atormenta y declara: he perdido mi don; mientras que el maduro y experimentado literato se alegra y exclama: ahora estoy empezando a escribir sólo lo que vale la pena ser dicho.

jueves, 3 de julio de 2008

A de Anti

No hay nada más en contra del amor
que los poemas, que las canciones,
que los libros y que las películas
de amor.
No hay nada que atente más
contra el amor para la libertad
que esos tópicos románticos
que se anuncian como si fueran productos
que todo el mundo debiera comprar.
Olvídense de la antología de Pablo Neruda,
olvídense de Becquer, de Bon Jovi.
Olvídense de Ben Harper, de Frank Sinatra,
y puestos a añadir, olvídense de los Rolling.
Que nadie nos haga creer que amar
implica morirse o matar,
que nadie nos convenza de que no amamos
si no lloramos,
de que no amamos si no sufrimos.
Puede que este sea un antipoema,
y muchos me acusen de ser una poeta desalmada,
de ser una mujer sin corazón.
No me importa ser la mala que diga
que hay muy poco
de ese título que ostentan
todas las manifestaciones
que dicen ser “de amor”.

domingo, 30 de diciembre de 2007

G de Gritos


Si yo hubiera sabido
que mis gritos eran
el himno premonitorio
de las risas que hoy
me desencajan la mandíbula,
no habría perdido el tiempo
anestesiándome la amígdala,
aparcando en fila
cada resentimiento.
Si yo hubiera sabido
que después de la angustia
habría una fiesta,
me regalarían una estrella,
abriría el cofre de los tesoros
de la isla desierta,
no habría perdido el tiempo
engañando al dolor diciéndole:
márchese, no estoy en casa.
Si yo hubiera sabido
que no hace falta adolecer en serio,
que podía tomarme la depresión
como una tara humana
y no dramatizar la situación
cuando me quedo tirada
en medio de la nada,
no hubiera malgastado mi energía
pensando que los malos momentos
son un defecto innato de la vida.
Ahora ya sabes que todo fin
tiene un final y que
ni la peor de las torturas
dura eternamente.
Ahora también sabes que,
como en los dolores de parto,
toda tristeza, todo vacío, toda desolación,
es una contracción más
en el inminente alumbramiento
de algún regalo tan especial
que no pueda convivir
con tus lacras,
de alguna sorpresa tan virtuosa
que limpie tu interior
de las manchas invisibles
de todas tus flaquezas.