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miércoles, 15 de febrero de 2012

Palabras mágicas para niños I

El monstruo de debajo de mi cama
ha decidido irse a buscar suerte
a la habitación de algún niño menos valiente:
conmigo ya no tenía nada que hacer,
sus sustos solo me provocaban
sonoras carcajadas.

Desde que no tengo miedo
la oscuridad del pasillo
no me impide ir a beber agua en plena noche,
ni veo siluetas peligrosas cuando el mueble del televisor,
la planta junto al sofá y la lámpara del comedor
se unen para formar sombras extrañas.

Desde que no tengo miedo
ni las nanas amenazadoras
con cocos hambrientos,
ni las leyendas urbanas
con hombres del saco
les sirven a mis padres de argumento
para que duerma, coma, me bañe
o me vista sólo para ir al colegio.
Estoy por decirles que no es bueno
que intenten convencerme a base de miedo.
Funciono mejor a cambio de besos,
abrazos, cinco minutos más de parque
o chocolate y caramelos.

Desde que no tengo miedo
he dejado de tener pesadillas
con los exámenes de matemáticas
y hasta creo que me atrevería
a tocar el perro gigante y ruidoso
del vecino de abajo.

Tenía razón mi abuela cuando me dijo
que en la vida no habría nada que el coraje,
la confianza, la paciencia y el esfuerzo
no pudieran ayudarme a vencer.

Por si acaso voy a escribirlo y a colgarlo
en la pared de mi cuarto,
pues me parece que es algo que se tiende a olvidar
a medida que crecemos.
Sólo así entiendo que haya adultos que todavía
encuentren tantas excusas para no realizar sus sueños.

jueves, 30 de abril de 2009

La niña mariposa


La niña mariposa
tiene alas de color rosa,
se posa en las azucenas,
en los lirios y en las begonias.
La niña mariposa
juega a que es un pájaro:
le gusta volar por encima
de los cipreses.
Las veces que se ha caído
aterrizó sobre la hierba
y aunque un caracol
confundió sus alas
con las hoja de un repollo,
apenas se nota el mordisco
cuando sus alas baten
con la fuerza de una cocinera
experta en hacer merengue.
La niña mariposa
fue mujer gusano en su anterior vida,
su madre le ha dicho
que si no se acaba la cena
puede que cuando muera
renazca en niño murciélago,
y tiene tanto miedo
de que eso pase,
que se acaba siempre
todo el néctar del plato.

Tú que ayudas

Tú que ayudas al vecino
cuando te pide sal, huevos o harina.
Tú que te ofreciste para acompañar al invidente
hasta el otro lado de la carretera,
que te levantaste del asiento en aquel autobús repleto
mientras un viejito te miraba con cara agradecida.
Tú que siempre buscas monedas
para el músico ambulante de la estación de metro,
que te has hecho socio de una ONG
para darle alimento, educación y vestido
a esos pobres niños desnudos, analfabetos y desnutridos.
Tú que siempre tienes unas palabras de consuelo
para el último de tus amigos
que se ha quedado soltero.
A ti, que crees que hay que ser solidario,
y salvar a cuanto ser humano desvalido
se cruce en tu camino,
¿quién va a salvarte de ti mismo?

lunes, 23 de marzo de 2009

No me educaron para amar

No me educaron para amar.
Fui una niña prodigio en la lectura,
se me dio bien escribir y hasta disfruto,
aprendí a ser la primera de la clase,
también en matemáticas.
Clasifiqué mi ropa por colores,
ordené mis libros por tamaño,
y siempre hice la cama
con las sabanas estiradas y la colcha bien doblada.
No me educaron para amar.
Siempre pensé que bastaba con tener razón
y ser inteligente,
que en realidad la gente es mala,
que sólo mi familia me quiere.
Me enfadé muchas veces
y me volví huraña,
nunca me enamoré sin sentir
que igual estaba siendo irresponsable,
y hasta me parece que mi imagen
de lo que representa ser una buena persona,
no es más que la de ser una buena hija,
una buena portadora de la estirpe de mi padre.
Creo, con pesar,
que fui educada para ser una mujer
temida, admirada,
puede que por los más valientes,
hasta para ser amada,
pero, creo, con lágrimas en los ojos,
que no fui educada para besar o abrazar,
acariciar o mostrar cariño.
Desgraciadamente a mí
no me han enseñado a amar
como te enseñaron a ti.
Si es verdad que nunca es tarde,
entonces todavía estoy a tiempo,
busco profesor a tiempo completo,
necesito ponerme al día,
hacer clases de repaso
y hasta intensivas,
tan sólo quiero aprender a querer,
sin condiciones,
sin excepciones,
tan sólo quiero aprender a amar,
así sea de forma autodidacta.

jueves, 22 de enero de 2009

Diario de alguien que podría ser yo II

Todo empezó a ir mal el día en que se murieron mis abuelos, y aunque se murieron en días distintos de años alejados, hoy sé que la primera muerte desencadenó la segunda con una lógica tan sutil que hasta podría parecer un asesinato. 

Mi abuelo se fue primero, también él confirmó esas estadísticas que dicen que los hombres viven menos, pero si las mujeres los sobreviven sólo es porque la muerte piensa que ellas sabrán soportar mucho mejor la soledad. Falleció después de que ese fin de semana yo hubiera escrito una biografía de él para mis deberes de colegio, y aunque eso pudo traumarme de por vida elucubrando que al escribir tengo el poder de matar lo que describo, no lo hizo, tan sólo me dejó con la vaga sensación de que hay casualidades que no se rigen por el azar. Lloré en secreto porque ya de niña me avergonzaba que la gente supiera que yo podía sucumbir a la tristeza, como si ese sentimiento deshiciera la coraza con la que yo luchaba en la arena del mundo. Más vale que nadie sepa que uno es vulnerable, sólo así se puede seguir fingiendo no sentir dolor cuando te atacan.

Yo no sé qué hacen las niñas con abuelos calvos después de la cena, yo tuve la suerte de que el mío no lo era, así que cogía un peine y me entretenía revolviendo su pelo como si fuera una muñeca. Nunca me impedía peinarlo de tal manera que pudiera parecer ridículo porque a él no le hacía falta aparentar ser guapo, no es que lo fuera, claro que en su juventud pudo serlo, pero a una niña todos los viejos le parecen ajenos a esa categoría, como si para acceder a la belleza hubiera una edad máxima, o como si la belleza a esas edades no tuviera nada que ver con los ojos y la piel, el cuerpo y las manos. Lo recuerdo conduciendo hasta el campo. Lo recuerdo tomando Martini en el aperitivo con mi abuela, apareciendo por la puerta los domingos con una bolsa de churros. Hay en mi mente fotogramas aislados de una película mucho más que basada en hechos reales.

Mi abuela murió unos cuatro años más tarde, seguramente porque no pudo morirse antes. Su cáncer en el pecho se me revela hoy como una gangrena de corazón, que a falta de marido, se murió podrido porque nunca pudo reconciliarse de la discusión previa que tuvieron antes de su muerte. Parece ser que apenas discutieron en su larga vida de casados, y bastó una pelea para que los matara a los dos: mi abuelo murió de un ataque al corazón.

Todo empezó a ir mal entonces porque cuando los abuelos de una niña mueren, ésta envejece automáticamente, como si la infancia estuviera ligada más que a los padres, a los abuelos. Sólo éstos últimos te permiten seguir siendo un niño cuando ya eres mayorcito a los ojos de tus padres, cuando ya se supone que no haría falta que te prepararan el vaso con leche antes de irte a la cama.

Ahora que ya hace tiempo que soy adulta por méritos propios, sigo pensando que los abuelos deberían ser inmortales.

lunes, 1 de diciembre de 2008

H de Hogar

Me gusta ver las ventanas iluminadas de las casas
cuando paseo por la calle y se va haciendo de noche.
Me gusta más todavía
entrever por la fina cortina
un pedazo de estantería a rebosar de tarros de especias,
un niño que cuelga un dibujo del imán de la nevera,
o una mujer con delantal 
batiendo huevos para hacer la cena.
Me gusta imaginarme que detrás de esos cristales 
de ventana de cocina
hay un salón con chimenea y un perro grande y dormido
o un puzzle a medio hacer 
esparcido por la alfombra de color crema.
Me gusta saber que a pesar de estar lejos de mi casa,
hay siempre hogares cerca.
Me gusta, a pesar de que me entristezca que anochezca
y yo no pueda ver el ocaso desde mi ventana,
sabiendo que es mi madre la que está batiendo huevos
para hacer una tortilla,
sabiendo que es mi perro el que dormita 
junto al sillón de mi padre.
Me gusta, 
a pesar de esa melancolía punzante,
a pesar de esa pena nocturna,
porque me recuerda que hay un lugar en el mundo
donde siempre habrá una família que me espera.

miércoles, 2 de enero de 2008

N de Niños


Yo los he visto
y voy a enseñártelo,
es imprescindible que lo sepas:
hay niños que no se ríen,
es como si hubieran perdido
en alguna esquina las cosquillas,
es como si no supieran
entonar una carcajada,
como si nunca les hubieran enseñado
que sacar la lengua hace gracia.
Hay niños que no juegan,
que no rompen jarrones,
que no persiguen mariposas,
que no corren detrás de balones.
Hay niños que están vivos
porque dicen sus madres
que a veces lloran.
Hay niños a los que nunca
les han cantado una nana.
a los que nunca
les han dado un beso.
Yo los he visto,
nunca se quejan cuando
su fiebre me quema la mano,
cuando el hambre les abre agujeros
por los que se escapa su vida.
Ahora tú también los has visto,
es imprescindible
que otros también lo sepan,
cuéntales que hay niños
que necesitan aprender a reír,
que necesitan que alguien
les enseñe a besar.