jueves, 8 de mayo de 2014

Todavía no somos humanos

Dice la Biblia que “en el principio era el Verbo”. Yo digo que en el principio fue el pie, aunque quizás ambos inicios sean coherentes, no en vano el verbo es acción y el pie es un medio de locomoción que dejó libres las manos, primero simplemente para llevar y sostener comida, crías, piedras, ramas y luego para hacer herramientas, fuego, caricias, arte... Así se inicia el largo camino de la evolución que lleva a unos primates bípedos por la senda de la hominización, la que nos diferencia como especie del resto de antropoides en el ámbito biológico. En ese sentido, podríamos decir que nosotros ya llegamos a puerto hace centenares de miles de años, pero todavía nos queda otro camino por recorrer, el de la humanización en el sentido cultural, que contempla niveles tecno-económicos, socio-políticos y axio-ideológicos. Somos humanos en lo concerniente a muchos de nuestros logros, pero no tanto en lo que respecta a la gestión y distribución de recursos, la administración del poder o la ética práctica cotidiana. Aún así, conviene aclarar que ni la evolución ha sido exclusiva de los seres humanos, ni se ha detenido con nosotros. Todas las especies han evolucionado, a pesar de que sus adaptaciones hayan sido en otro campo fuera del cognitivo, del que los hombres y mujeres presumimos con un cerebro hipertrofiado.

Quizá uno de los mayores desafíos a los que nos enfrentamos sea reconciliar lo que nos hizo humanos en el pasado con lo que nos debe permitir seguir siéndolo el día de mañana, aunque para ello tengamos que renunciar a prácticas en su momento útiles pero obsoletas y arriesgadas para el humano del siglo XXI. Sin ir más lejos, se ha descubierto que en Atapuerca, hace aproximadamente 900.000 años el Homo antecessor practicaba el canibalismo social para reducir la competencia por los recursos entre grupos de la misma especie, es decir, mataban y comían, usualmente niños de grupos vecinos, para evitar que éstos se hicieran mayores y supusieran una amenaza.

Precisamente por eso el título de uno de los talleres que imparto “La dieta que nos hizo humanos” y que transcribo literalmente de una fantástica exposición organizada por el Museo de la Evolución Humana me parece acertado pero sólo dentro de contexto: es cierto que comer carne (normalmente de otros animales) nos permitió economizar nuestro gasto calórico y proteico en el  ámbito digestivo, a favor de la inversión en el tamaño del cerebro, como también es cierto que la caza de grandes mamíferos requirió de la organización y colaboración social, que fomentaba prácticas grupales y no individualistas como las asociadas con la recolección. Existimos porque supimos adaptarnos a un medio en el que nuestros semejantes vieron en sus congéneres, parientes y compañeros terrícolas una ración de comida suculenta. Existimos y esta misma vida que se origina en la severidad y hasta crueldad de las exigencias que impone la supervivencia nos conduce también a todo lo contrario, porque la dieta que nos debe humanizar es la que, en primera instancia, debe ser nutritiva y sostenible económica y medioambientalmente, si no queremos, como el del chiste, vender la televisión para comprar un DVD, y en segundo lugar, pero no menos importante, debe ser una humanitaria desde la acepción más trascendental y menos antropocéntrica de la palabra: dieta en la que no caben las muertes caprichosas.


Artículo publicado en el Diari de Terrassa el 8 de mayo de 2014