jueves, 15 de octubre de 2015

La mujer redonda

A la mujer redonda le aterraban las cosas puntiagudas y afiladas. 

Estaba segura de que si se topaba con ellas la pincharían y explotaría como una bomba nuclear, dejando una seta de humo en el ambiente. Sólo en sus mejores días pensaba que los pinchazos quizás no la matarían al instante, sinó que la agujerearían lo justo para ir desinflándose poquito a poco, a tiempo para darse cuenta antes de exhalar el último aliento y ponerse un parche-tirita de los Minions. 

Entenderán que las vacunas, los análisis de sangre y las inyecciones de hormonas la tuvieran totalmente enloquecida y aunque ahora se enfrentaba al aguijón metálico diario con mucha más dignidad que el primer día -en el que lloró antes y después del pinchazo en su mini-michelín- seguía derramando lágrimas después de añadir un orificio más a su cuerpo, ya con menos drama que una niña de cinco años, pero pidiendo igual el chocolate para reparar el agravio. 

El Dr. Slump y su ayudante
A la mujer redonda le decían que se acostumbraría y dentro de unos días ni se enteraría de que su marido le pellizcaba la barriga mientras ella se abrazada con fuerza a su facultativo privado, el Dr. Slump, tan profesional en la medicina del amor como siempre, pero ella sabía que se lo decían para consolarla y porque ellos no eran redondos, y con sus aristas a cuestas y sus esquinas picudas nada podían saber del desamparo de las mujeres esféricas, frágiles como un globo en una cuchillería.