jueves, 19 de noviembre de 2015

Yo no rezo por París

Yo me puse la bandera francesa en Facebook. Me duelen los muertos de París. Les concedo que quizás sea porque puedo identificarme con ellos más que con otras víctimas del terrorismo. Probablemente el horror que sufrieron los parisinos el viernes pasado lo vivan mucho más frecuentemente otros ciudadanos, igual de valiosos y de merecedores de mi compasión. Pero no soy una hipócrita. Si quieren admito que la empatía limita mi sensibilidad a un círculo de gente a la que me imagino más cercana. De hecho, les avanzo que si algún día mi perro se muere voy a llorar más que por algunas personas con las que apenas tengo relación. Si eso es malo, acúsenme de ser humana. 

Yo no usé el hashtag #PrayForParis en Twitter. Por mucho que traten de disimularlo para no crear una alarma discriminatoria injustificada, yo sí pienso que la fe ha sido la que, en parte, ha detonado bombas. Mientras no se quiera admitir que el Daesh tiene algo que ver con el islam no estaremos preparados para afrontar la totalidad del problema. “Allahu Akbar” gritan ellos, mientras, como dice Richard Dawkins, nosotros nos apresuramos a crear un discurso paralelo que impute a cualquier cosa, que encuentre el responsable en cualquier sitio -hasta entonar el mea culpa si hace falta- antes que apuntar a la religión. Los que gritan Allahu Akbar no saben lo que dicen, es necesario que los occidentales vengamos con nuestro paternalismo a cuestas a descifrar sus razones. Me imagino qué frustrados se deben sentir los mártires cuando desdeñamos sus motivos religiosos, ellos que ya no saben qué hacer para que tomemos en serio su mensaje.

Claro que, afortunadamente, no todos los musulmanes defienden la Guerra Santa, pero tampoco se puede decir que los que sí lo hacen no sean verdaderos musulmanes. Ellos también leen el Corán y encuentran pasajes -muchos- que los apoyan. ¿Cuál es la interpretación de las escrituras correcta? Me temo que hasta que no sea el mismo dios quien lo aclare ambos tienen derecho a seguir diciendo que actúan en nombre de Alá. Que la Biblia no se salva y también tiene versículos cruentos nadie que la haya leído puede negarlo. Lo único bueno es que ya casi todo el mundo los considera extravagancias sin sentido.

Pero para despropósitos el de los estados donde gobierna la sharia, por ejemplo en Arabia Saudita, en donde los malvados somos los ateos. Precisamente, así lo ha declarado recientemente el rey Abdalá en el artículo 1 del Real Decreto 44 que afirma que “el llamamiento al ateísmo en cualquier forma o a cuestionar los fundamentos de la religión islámica en la que se basa su país” serán considerados actos de terrorismo y pueden ser penados hasta con 20 años de prisión. 

En cualquier caso, insisto: dejémonos de rezar y pongámonos a pensar críticamente. Quién sabe si sólo así estaremos a salvo de nosotros mismos. No en vano, dice Steven Weinberg, físico norteamericano ganador de un premio Nobel en 1979, que “sin la religión habría gente buena haciendo el bien y gente mala haciendo el mal, pero que para que gente buena haga el mal se necesita la religión”. 

Artículo publicado en el Diari de Terrassa el 20 de noviembre de 2015